Shinichi Osawa – The One (2007)

por Álvaro Mortem

Existen obras de arte, porque llamarlas simplemente discos sería prácticamente ofenderlas, que consiguen trascender todo límite de la racionalidad, provocando que cualquier intento de plasmar algo más allá de lugares comunes y estupideces obvias se convierta en un proceso de auténtica escritura: para hablar de las grandes obras, es necesario ponerse a su altura. Rebajar el nivel del discurso o dar pinceladas gruesas al respecto de lo que cualquiera puede apreciar es una cuchillada invisible que corta la noche plácida del espíritu del auténtico arte; nada destruye más el auténtico valor de una obra que los buenos propósitos que destrozan constantemente el lustre que son incapaces de percibir. La labor del crítico, del interpretador, del escritor, sería la de estar más allá de toda connotación, de todo subrayado, de lo obvio, dirigiendo la mirada del espectador hacia aquello que quizás se le haya pasado por alto. Si él sólo es capaz de hablarnos del yo no es capaz de hacer literatura; en palabras de Gilles Deleuze: la literatura sólo empieza cuando nace en nuestro interior una tercera persona que nos desposee del poder de decir Yo. Toda crítica, toda intento de plasmar la realidad de una obra cultural o artística, debe ser literatura.

Está anulación del yo está particularmente presente en Shinichi Osawa, entre otras cosas, por su infinita capacidad de trasmutación. Si ya con su juego de identidades crea una diferencia abismal, pues siendo Shinichi Osawa tiende hacia el house más ortodoxo mientras como Mondo Grosso se viste de gala para hacer el amor hacia los sonidos sudamericanos -lo cual, además, no deja de ser una herencia adquirida de la obsesión japonesa de la bossa nova a partir de los 80’s-, en el disco que nos ocupa, el fabuloso The One, redobla esa capacidad innata para estar más allá del más allá; Shinichi Osawa es la obsesión pop de un principio básico físico experimental incognoscible.

El japonés toma al asalto nuestras expectativas desde un principio haciendo un primerísimo primer plano en contra de nuestros prejuicios en Star Guitar, la cual viene muy bien acompañada por la voz de las encantadoras Au Revoir Simon, que se torna en el himno absoluto del músico polimorfo: el dj es la nueva estrella del rock; ¿tú sabes diferenciar entre la electrónica que suena como rock y el rock que suena como electrónica?¡A quien le importa eso!¡Vamos a bailar! -parece querer decirnos Shinichi Osawa, no sin mucha sorna. Esa es la premisa básica de The One, hilo de Ariadna que nos lleva por el laberinto de la mente de uno de los dj’s más eclécticos por hábiles del mundo, el desgarramiento del velo de maya que oculta la auténtica realidad detrás de todas las ideas prefijadas que nos habíamos hecho al respecto de lo que supone hacer música en el siglo XXI. Aquí no hay géneros, no hay conformaciones específicas, no hay siquiera autor: hay un vaciamiento absoluto de las formas que permite al músico anular su Yo para convertirse en un Él a través del cual puede articular cualquier discurso sin sonar disonante, pues él en sí mismo es el discurso. The One es el yo siendo obliterado para convertirse en Lo Uno, en la tercera persona, en el eterno devenir en cambio.

Desde los delirios de ínfulas post-punk de State of Permission, una deliciosa síntesis de unos Motorama adocenados violando distraídamente a Guy-Manuel de Homem-Christo, hasta la ortodoxia casi dolorosa de The Golden pasando por el ambient/glitch de The Patch todo es invención, huida y distracción; no hay dos canciones que sean iguales, pero ninguna de ellas dará la sensación nunca de no ser de quien las compuso. Por ello todo se establece como verberativa paradoja del ser, la composición artística que no nos enseña lo que ya sabemos sino que nos desvela en clave metafórica todo aquello que no nos sabe decir sobre el autor, sobre aquello con lo que es Uno. Por eso El Uno, por eso es imposible (e infructuoso) rascar la superficie de los grandes discos, el no hacer literatura de ellas, pues aquí, como en cualquier otra obra maestra, autor y obra se diluyen en un continuum de luz infinita que baña la azulada mejilla del mundo.

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