Kuroyume – Drug Treatment (1997)

por Álvaro Mortem

La música va invariablemente asociada a una cantidad obscena de códigos estéticos que poco o nada tienen que ver con la sonoridad pura. En un sentido netamente implícito suponemos que los músicos y los grupos asumen unas coordenadas estéticas propias coherentes con el estilo cultivado para generar una imagen conformante totalizadora del discurso estético de los mismos pero, en ocasiones, esto llega hasta puntos completamente explícitos; todo grupo se define por unas coordinadas musicales que tienen una representación dada en los demás elementos estéticos estéticos del grupo. Es por ello que no debería extrañarnos que grupos como, pongamos, Sunn O))) aparezcan vestidos con tétricas túnicas cuando, de hecho, su música no deja de ser una suerte de actualización posmoderna de estilo monacal. Es por ello que el visual kei asume las mismas coordenadas que podría asumir, por ejemplo, el glam: el cómo van vestidos los miembros del grupo y la puesta en escena que hacen -entendiendo por puesta en escena, básicamente, todos los elementos de diseño de la banda en abstracto– se convierten en una extensión sensitiva de su propia música; su estética permuta desde una condición sonora hacia una condición totalizadora del discurso.

En el caso de Kuroyume, uno de los grupos claves de una derivación del visual kei conocido como nagoya kei, podríamos afirmar que efectivamente no hay nada en su sonido que no hayamos oído mil veces antes. Con un cierto regusto a Ramones y una clara tendencia hacia el punk americano van tamizando todo éste sonido, que se sintetiza perfectamente en su instrumentación de guitarras afiladas y baterías contundentes, a través de unas lineas vocales con querencias por los gorgoritos más suaves. Por ejemplo en NEEDLESS podríamos encontrar esta perfecta combinación entre una instrumentalización eminentemente punk, desatada en ese estricto toque desgarbado perfectamente calculado, que se matiza con una voz masculina demasiado dulce para los cánones occidentales tan propia del pop japonés. Pero incluso en una canción tan arquetípica nos encontramos pequeños detalles como pueden ser los sonidos psychodélicos que van salpicando la canción constantemente para acabar dotándola de una personalidad particularmente propia; aunque Kuroyume parezcan definir un sonido tópico, sin grandes cambios o un interés radical más allá de cierto valor por la rareza, tienen un interés particular al saber dar una serie de matices mínimos completamente propios. Por ello enfrentarse a otras canciones como MIND BREAKER es, directamente, pavoroso por su capacidad de asumir conformaciones cercanas al metalcore, género que no llegaría hasta más de media década después de la salida de éste disco. Esto  resulta, definitivamente, en una revelación terrorífica: lo que parecía un ejercicio de estilo continuista sin mayor valor se acaba destapando como una caja de Pandora de ideas estéticas pasadas y futuras.

¿Cómo es el grupo estéticamente entonces? Si para el visual kei es tan importante como vistes como el hecho mismo de como suenas, entonces sería importante delimitar ese espacio personal que definirían en su estética. Es por ello que cuando vemos aparecer un grupo de gente que sólo se podría definir como unos Guns N’ Roses después de una sobredosis imposible de LSD podemos cerciorarnos de que efectivamente su estética globaliza todo su estilo. Quizás tengan momentos más propios de un glam acelerado (Spray -NEW TAKE-) mientras otras se atreven con un tecnicismo impostado aludiendo por convertirse en una especie de HIM de opereta japonesa (BLOODY VALENTINE), pero siempre se mantienen esa fina linea en la que jamás dejan de ser ninguno de sus tres referentes sonoros básicos: Los Ramones, Guns N’ Roses y The Flower Travelling Band. Con alguna extraña formula desconocida consiguen que toda su estética orbite alrededor de la intermediación perfecta que hacen entre el punk y el hard rock americano con una psychodelia puramente japonesa sin perder jamás su frescura pop. Y, por eso, Drug Treatment es uno de esos discos que hay que aprender a vestir, pero se acaban vistiendo.

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