Highlands – Singularity (2011)

por Álvaro Mortem

Si algo nos trajo la segunda mitad de los 00’s fue una malsana obsesión por las atmósferas cargadas por una cantidad completamente obscena de distorsión de guitarras. El problema no es tanto que el shoegaze alcanzara su nacimiento y culminación en My Bloody Valentine como el hecho de que el género fuera usado como una impostura: a los grupos no les interesaba en absoluto el ruidismo, sino el halo de diferencia y novedad que tras él se intuye. Así nos encontrábamos con pasajes de puro tedio donde, después de una cortina de ruido blanco -porque ni a muro llegaba, la verdad- nos encontrábamos calcos del indie rock más tóxico y caduco que bailaban las niñas bien disfrazadas con camisetas de Sonic Youth y gafas sin cristales hasta la noche anterior. Pero algo bueno tuvo, y es que resucitó el genuino interés en algunos por mirar qué es lo que se estaba haciendo en las corrientes subterráneas al que había sido arrojado el shoegaze.

Cuando comienza a sonar la música de Highlands entendemos por qué llamaron como llamaron a este trabajo, pues es una auténtica singularidad: quien espere según empieza Railroad encontrar el enésimo crossover entre Franz Ferdinand y My Bloody Valentine se encontrará con una franca decepción. Con un sonido que pivota entre las mejores conformaciones del rock alternativo de los 90’s y un instinto constante por las melodías marcadamente oníricas del dream pop la magia del grupo se ve claramente representada en su capacidad de situarse constantemente en el cambio entre las melodías simples pero efectivas y los improvisos muros de ruido blanco que (re)configuran la escena. Esa capacidad para el salto ciego, para el cambio constante de ritmo, les sitúa en esa extraña posición donde todo suena uniforme aun cuando es evidentemente distinto; su capacidad para adentrarse en las tinieblas de la síntesis desconocida les confiere un cierto sonido personal sin abandonar nunca ese regusto familiar de estar oyendo un sonido clásico pero reciente. Es la solidez de quienes saben lo que están haciendo, alejados de toda moda pasada o presente.

Quizás por ello no nos sorprende cuando llegan fantasmagóricas misivas que contienen un billete hacia los páramos desolados de las atmósferas que desarrollan en Sunshine para, después, llevarnos de viaje hasta los himnos gótico/pop -sí, contra todo pronóstico (aun) se puede sonar así- de Nightmare en una concatenación de sonidos que pasan por toda la fauna del rock post-80’s. Pero no es que sean una excepción, es que de hecho todo el disco es así: un exquisito delirio de otro tiempo que sin embargo es delirantemente contemporáneo. Y son interesantes porque no hacen lo que sus coetáneos, capturar fantasmas para amordazarlos y robarles sus secretos, sino que sus fantasmagorías pasan necesariamente por invocar los fantasmas de lo que pudo ser y no fue, de lo que necesariamente no fue así pero hubiera sido lógico que así fuera. Por eso sabemos que Highlands es como una suerte de The Smiths haciendo shoegaze, porque nunca pasó pero ellos rescatan el fantasma de la idea de que eso, efectivamente, hubiera podido haber pasado.

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