Un perro bajo el sol: Introducción a los primeros Tokyo Flashback

por Manel Mourning

La cultura japonesa siempre será una extraña para cualquier occidental como nosotros. Es un mundo totalmente diferente y es difícil entender, sin tener en cuenta el elemento histórico y cultural, su manera de ser y su peculiar abertura hacia el exterior. En nuestro país, interesarse por la cultura nipona es básicamente aprender a comer el sushi con palillos, handicap impuesto por el candado social que supuso para España la segunda mitad del siglo XX. El ciudadano japonés medio no puede estar más alejado de nosotros en todos los sentidos. Es una persona exageradamente entusiasta por todo lo que no conoce, curiosa hasta límites desmesurados y sobre todo muy excesiva. Especialista en asimilar conceptos ajenos, adaptarlos y devolverlos mejorados y pasados de vueltas, haciendo uso de una imaginación maravillosa estimulada por una cultura muy visual, chocante e incluso traumática. Los japoneses también son los indiscutibles reyes del drama. Se quitan la vida si su honor resulta manchado, por el amor de dios. ¿Cómo podemos entender lo que significa eso realmente? Esa tendencia de llevarlo todo al extremo está presente también en el arte y la música. Intenten recordar al protagonista de uno de los puntos de vista de la historia narrada en Mystery Train de Jarmusch. Ese tipo era más rockero que el propio Elvis, háganme caso. Tienen un don ancestral respecto a eso, son capaces de adaptar el espíritu de absolutamente cualquier cosa a su cultura y salir airosos, y no les importa que eso no tenga nada que ver con ellos, se lo hacen propio y lo perfeccionan. Aceptan las influencias exteriores como algo positivo y sacan de ellas beneficios que regeneran y enriquecen su propia cultura, creando un autentica mezcolanza de ideas, pensamientos y matices.

La música tradicional japonesa también es peculiar y muchísimo más mística y espiritual que la nuestra, por lo que siempre tuvo ciertos tintes psicodélicos y oníricos, mucho antes de la que psicodelia se inventara. La década de los 70, Easy Rider y Black Sabbath, fueron un martillo en la cabeza de los pobres japoneses, que no entendían qué demonios era toda aquella música que venía desde lejos, por lo que la abrazaron con una fe y unas ganas de conocer cosas nuevas que propiciaron la aparición de bandas tan excesivas, exageradas e introspectivas como la Flower Travellin’ Band o Pyg. Incluso el folk más tradicional y visceral se vio afectado, como es el caso del trabajo de Kazuki Tomokawa, donde la temática de las canciones, las letras y las propias melodías suenan ajenas y extrañas a nuestro propio espíritu. Con todo ese múltiple bagaje de experimentación e influencias venidas de todas direcciones creció una generación de japoneses, los nacidos en la década de los 60, con un desmesurado interés en lo foráneo y en su propia cultura tradicional que bien entrados los años 80 empezaron a destacar en pequeñas bandas que izaron la psicodelia y el folk como su propia bandera. Ese fue el caso de bandas como High Rise, Fushitsusha, Ghost o White Heaven, que empezaron a tener en común, más que un propio genero, una manera de pensar y una filosofía inherente de entender la música. Y así, a principios de los noventa, apareció el primer Tokyo Flashback, reuniendo a todas estas prometedoras y jóvenes bandas entre las que se encontraban figuras como Michio Kurihara o Keiji Haino, que a partir de ese momento revolucionarían la psicodelia japonesa llevándola a un nivel donde nunca antes había estado. Lo realmente asombroso fue el poder de acción y convocatoria que tuvo esa conciencia colectiva que funcionaba a la perfección y en la que gran parte de la juventud nipona se vio reflejada. Debemos reconocer, sin embargo, que esto no fue fruto de la casualidad sino más bien del simple hecho que coincidieran en el espacio y el tiempo varias figuras con un talento enorme que decidieron trabajar juntas y colaborar entre ellas. Michio Kurihara, sin ir más lejos, está considerado el mejor guitarrista de psicodelia de su generación. Pero en los primeros volúmenes de Tokyo Flashback (los tres primeros aparecieron de 1991 a 1993), no fue el ruido o la distorsión los elementos dominantes, ni mucho menos. Se entrelazaban bandas apostadas en el folk y en influencias cercanas a Pink Floyd como pudieron ser los primeros Ghost con otras que eran unos auténticos adalides de la sordera crónica y los vatios clavados en el cerebro, como es el caso de High Rise, acopladas en perfecta simetría con los sonidos clásicos de White Heaven o improvisaciones instrumentales y vocales, dejándose llevar por la experimentación absoluta.

Y toda esta conjunción de elementos dieron lugar a un movimiento, por llamarlo de alguna manera, que pasó a la historia de la psicodelia y de la música en general, dando paso a cuatro nuevos volúmenes de Tokyo Flashback que conforman los siete actuales, influenciando sobremanera a otros artistas de culto como Boris o Merzbow. Pero un nuevo debate se abre con esta conclusión, ya que no hay que olvidar que esta revolución musical se dio en 1990. ¿Por qué tan tarde? ¿Cuánto tiempo hemos de retroceder para observar algún alzamiento similar de un puñado de bandas y un estilo musical propio desde las cloacas del underground hasta el reconocimiento mundial? Y no estoy hablando de algo parecido al Punk, no me refiero a una moda creada por los medios, un movimiento político de postal anclado en la música o cuatro amigos haciendo música perecedera como son Odd Future. Hay que cavar y retroceder mucho, probablemente hasta la misma Velvet Underground, aunque estos gozaran del beneplácito de la industria y de los medios, o a las bandas de la insurgente Detroit de finales de los años sesenta.

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