Owen – Ghost Town (2011)

por Mario Cotos Franck

Decir que aquí Mike Kinsella se ha aburguesado, que se reitera en el viraje enfático que tomó en “New Leaves” -uno que ya podía intuirse en “At Home With Owen”– sería injusto, y enfocarlo por la vía de la madurez, una memez a menudo recurrente. Kinsella se ha acomodado, pero procurad desligar el término de su implicación negativa. Atrás quedan ya los laberínticos arpegios de aquellos tres primeros discos, tan delicados, tan hiriente su voz confesional. Desde “At Home With…” que eso ha ido quedando diluido, primando el viejo y aburrido acorde rasgado, como en busca de un cielo en el FM; lo de ahora es un sonido muy -ejem- Dawson’s Creek. Ya sabes, ese olor a madera, césped húmedo y lágrimas, la melancolía amable, sin asperezas.

Pero que esto no lleve a malas lecturas. Kinsella ha demostrado siempre -sea desde American Football, Joan Of Arc o Cap’n Jazz- un tacto único para conjugar textura y melodía, como ha demostrado ser un maestro en jugar con afinaciones alternativas y armonizar acordes imprevisibles. “Ghost Town” no es un mal disco, Kinsella es incapaz de eso, no es un tedioso cantautor-tipo, ni uno de esos niños barbudos que arañan los vinilos de Cat Stevens o Tim Hardin. Owen nunca ha escondido una sensibilidad eminentemente pop, por mucho que la predominancia de las guitarras acústicas invite a pronunciar eso tan temible del -¡terror!- neofolk. Únicamente ocurre que las composiciones se acercan ahora a estándares más convencionales, lo cual contrasta negativamente frente a la pureza y singularidad de, pongamos, “I Do Perceive”. No es una queja del tipo “eh, yo estuve aquí desde el principio y quiero dejar constancia de ello y de mi idiocia fanática”, aunque admito que el recuerdo de sus primeros trabajos lleva años fuertemente instalado en mi memoria sentimental. Pero no voy  a engañarte, venía notándose cierto mal gusto en los arreglos, como insistiendo en huir de esa belleza que colma las canciones, dando lugar a incómodas estridencias formales. Esto sigue ocurriendo aquí, a lo que debe añadirse cierta monotonía, aunque ésa es una palabra muy injusta si hablamos de Owen, así que será mejor que tú no la uses. Como última pega -y esto me duele más que a ti, Mike- está la ausencia de motivos reconocibles, que va íntimamente ligada a la mencionada monotonía. O qué coño, quizás es que Kinsella ha madurado y a mí me produce urticaria zanjar un comentario con tamaño cliché. Visto de forma prosaica: “Ghost Town” parece más mundano, menos inmaculado que sus predecesores. Y claro, si lloraste con “Who Found Who’s Hair In Who’s Bed?”, te sabe a poco. La culpa es de los oyentes, esas malditas novias-con-un-reproche-siempre-a-mano.

-Mike, has cambiado

-No, soy el de siempre, quizás es que tú has cambiado

-Sí, tienes razón, soy una zorra caprichosa

-Lo eres

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