Apparat – The Devil’s Walk (2011)

por Mario Cotos Franck

Que la estridente portada no lleve a engaño: “The Devil’s Walk” es, como el anterior “Walls”, un derroche de sabiduría estética y exquisita ingeniería de sonido, un ejemplar hermosísimo de pop electrónico que vive tanto de ritmos como de melodías. Porque éste, como “Walls”, es ante todo un disco de canciones, nada tiene que ver con esos insustanciales muestrarios de texturas digitales. Todo un logro para Sascha Ring, quien vuelve a demostrar su sensibilidad y buen gusto cuando se aparta del chabacanismo y previsibilidad que caracterizan algunos de sus trabajos para la pista de baile.  Aquellos enamorados de “Walls” advertirán en el inicial “Sweet Unrest” una suerte de reprise comprimido de su predecesor, que reúne en apenas tres minutos todas las claves de aquél, acusando más incluso aquella sobria melancolía. “The Devil’s Walk” también entrelaza los temas para crear una experiencia ininterrumpida, donde todas las piezas se cohesionan perfectamente, pero éste es más brumoso, casi fantasmal, sin por ello abandonar la pulcritud que le caracterizaba. Imaginad a unos Massive Attack concentrados exclusivamente en su faceta lírica y tendréis algo muy cercano a lo que Ring fabrica desde Apparat. Que la electrónica no le nuble el juicio a nadie, éste es un disco crudo y romántico, pero que no necesita de la afectación o el dramatismo barato para emocionar. Se coloca a años luz de esas bandas eléctricas que un día apagaron los amplificadores empeñadas en fusionar -de formas sonrojantes- los paisajes de inspiración cinematográfica con los pulsos modernos. Aquí las transiciones estilísticas resultan imperceptibles, nada parece forzado, no hay arreglos chirriantes ni decisiones reprobables. Lo que viene a llamarse inteligencia, virtud de la que “The Devil’s Walk” anda sobrado, en lo melódico y lo compositivo, esto puede apreciarse en cómo está montado el temario y la curva que dibuja, tan cariñosa con los oídos que casi duele. La cantidad de minúsculos y fugaces detalles de producción es tal, y estos tan sutiles, que uno sólo quiere volver a escucharlo una y otra vez con la ilusión de retener todo lo que ofrece. O aún mejor, reproducirlo en bucle junto a “Walls” y rendirse ante una de las mentes más preclaras que rondan la escena musical contemporánea.

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