Aesop Rock – Labor Days (2001)

por Álvaro Mortem

Uno de los problemas más radicales a los cuales se enfrenta el rap es su constante caminar en una cuerda floja que les hace situarse en un afuera de la condición propicia de la música al ser un género más preocupado por lo rítmico, por el flow, que por lo que está sonando en sí. Esto, que no deja de ser connatural al género en sí mismo, sitúa al género más cerca de una suerte de recital de poesía urbana que de un auténtico muestrario musical: el rap sólo sigue siéndolo en tanto entiende que no sólo tiene que comunicar un mensaje, indiferentemente de cual sea éste, sino generar una musicalidad constante exclusivamente o también desde las particularidades del uso del lenguaje como música. Bajo esta perspectiva Aesop Rock no es que sea un buen rapero, es que seguramente sea uno de los más brillantes que jamás hayan pisado un ghetto.

Ian Matthias Bavitz, nombre de nacimiento del consorte no-oficial del rap underground, se mueve con la presteza de un bailarín entre unas bases refinadas con un mimo impropio -con especial atención por algunas maravillas que serían gloriosas por sí solas, como es el caso de su obra magna: Daylight– y unas letras que sólo podrían ser cantadas por él. Porque ahí se encuentra su magia, rapea a unas velocidades que resultan absolutamente anormales, una canción como 9-5ers Anthem sería imposible de mimetizar ni por el mejor de los gallos que haya sueltos ahora mismo en la calle más ruinosa del Bronx; la disposición que tiene con sus letras Aesop Rock es la de un hombre que trasciende la necesidad de aire, él sólo necesita rimar para respirar. Si a esto le sumamos que sus letras tienen un gusto literario exquisito, superando ampliamente la realidad literario-editorial presente, entonces podríamos afirmar de él sin sonrojo, y lejos de ser una boutade, que es el Marcel Proust de la música rap. Letras virtuosas con una absoluta ausencia de puntos, poniendo al límite las capacidades líricas y pulmonares de sus recitadores al límite, inscriben una linea visible entre un francés y un americano separados por un siglo de diferencia, influidos por la misma clase de brillante obstinación.

El proceso de escritura pulmonar extremo no sería lo único compartido con su homónimo burgués, sino que además también compartiría la obsesión de retratar minuciosamente la realidad de su tiempo. Si En busca del tiempo perdido es el proceso constante de edificación del tedio propio de la burguesía de su tiempo, Labor Days es la construcción minuciosa del hastío que inunda no sin razón el trabajo de todos los hombres de clase media/baja; Aesop Rock y Marcel Proust, hermanos de pluma, hijos de la furia divina de un Eolo alveolar en proceso de suicidio ante las perspectivas de producción de una nadeante existencia constante. Su musicalidad, fuente de perseverancia emanada de una caja de ritmos acompañada de un bajo bien subrayado, se ve acompañada de un flow inenarrable, mirada al abismo más terrible inimaginable, que precisamente mimetiza las formas de esa realidad que nos retrata con minuciosidad quirúrgica. El mundo de Aesop Rock es el de los videojuegos, los cómics, el trabajo de mierda, las chicas, las fiestas, el tardoadolescentismo: el ghetto. Nada hay más allá de eso sólo encontramos el genio de cristal de un hombre que lo mima de diario, arropándolo con los mejores honores que se pueden obtener en la calle, alejándole del aburrimiento lanzándolo lejos, al cielo, para que refleje furioso el Sol sobre una tierra nunca baldía.

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