The Grand Parade Of Lifeless Packaging

por Mario Cotos Franck

1974: Las dos historias -la de su gestación y la que relata- de The Lamb Lies Down On Broadway son igual de accidentadas, aunque poco o nada se espejan. Una -la de Aquí- prosaica y azarosa hasta agravar las tensiones creativas y egoístas. La otra -la de Ahí- tortuosa, alucinante y finalmente catártica. Los talentos actorales de Peter Gabriel -quien impuso su historia-concepto a la banda, empeñada en adaptar “El Principito”- llevaban tiempo acaparando el grueso de la atención, provocando la comprensible incomodidad del resto. Gabriel apenas participó en la composición musical; su presencia física durante el proceso creativo fue intermitente, y su actitud, hierática. Se habló incluso de una película basada en el disco, que habría dirigido William Friedkin. El rock sinfónico y sus excesos, que no tardarían en heredar las estrellas del heavy metal. Sí, los instrumentales también, por eso éste no resulta un disco fácil al acomodado oyente-tipo contemporáneo. Melodías como espirales, sutiles genialidades técnicas, un espectro genérico rayano en lo esquizofrénico y un aire de grandeza que tristemente ha quedado en desuso.

La historia de un alienado delincuente perdido en la ciudad en busca de su hermano era el pie sobre el que Gabriel construyó -principalmente inspirado en sus propios sueños- esta fábula de búsqueda personal salpicada con la visionaria sátira social del divo, hoy en día un señor calvo, gordo y con perilla al que los hipsters no le perdonan sus versiones sinfónicas de Arcade Fire y otros -ejem- emblemas generacionales de ridícula vigencia. Inexplicablemente, este disco rara vez hace aparición en esas manidas listas de los mejores discos de la historia del rock, cuando recoge una labor compositiva titánica y una producción escalofriantemente avanzada a su época. Como si se hubiera acordado ningunear por consenso el período del rock sinfónico; sin embargo ahora está muy bien visto venerar a plomizos exponentes del kraut-rock. Según algunos críticos con chaqueta de pana, el rock sinfónico fue una anomalía, una secuela a los excesos de la psicodelia y el acid-rock. Invita a pensar que el pop no admite en su imaginario a ninguna propuesta que escape a unos parámetros de frivolidad. De hecho funciona de este modo, y poco parece importar que “The Lamb Lies Down On Broadway”, el tema titular, sea un hit en toda regla. ¿Demasiado épico para ser honrado desde el recuerdo? No veo a nadie quejarse de esa otra épica, la pueril y empalagosa, la que abanderan gentes tan simplonas y arrogantes como U2 o Coldplay. Del mismo modo, Beethoven sigue resultando infinitamente más intenso y agresivo que tu grupo de lloricas favorito. Me lleva esto a un sketch de La Trinca donde unos tipos con pelucones, levitas y camisetas con los nombres de grandes compositores clásicos, se liaban a tortas en un callejón. Claro que eran los tiempos de “el heavy es violencia”, aquel epígrafe tremendista que tantas alegrías le brindó a esa prensa que gusta de trazar líneas morales con el dedito. Ahora también resulta anacrónico cantar las virtudes del heavy metal más barroco, y chiste recurrente el ridiculizar el virtuosismo y poses de sus figuras. Lo mismo parece ocurrir con el rock sinfónico. El “Peter Gunn” de Emerson, Lake & Palmer parece condenado a servir como banda sonora al número de un mago de provincias. Pink Floyd ejerce de fondo sonoro a las “misteriosas” reflexiones de Iker Jiménez. Cuando la música se convierte en atrezo y pierde su identidad a manos del vulgo. Entonces te preguntas de qué sirve escribir buena música, canciones que se eleven por encima del suelo, buscar la divinidad ahí y no en un templo cuando queda demostrado que a la gente le gusta congregarse, sentir que forma parte de algo sencillo de comprender. O lo que es peor, de pertenecer a un vacío vestido de enigma. La comprensión y la memoria popular, los asesinos del arte. Un día de estos soluciono lo de Genesis, que es nombrarlos y te sacan a Phil Collins, y eso no puede ser. Claro que menudas líneas de batería construía el calvo.

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