Gluecifer – Automatic Thrill (2004)

por Álvaro Mortem

Viveza, espíritu, voluntad (o como prefieran llamarlo) juvenil es lo que debe sobrar a cualquier grupo que pretenda tener entre su código memético-musical el hacer puro rock&roll. En una época donde prima más la impostura de mercadotécnica, el plagiar algún sonido ignoto-pero-no-demasiado, y donde cultivar la pose perfecta es alabado pero la técnica adecuada es levantada con bostezos es hora de que los héroes de la épica juvenil vuelvan a la sala; y sí los jóvenes no tienen espíritu juvenil, que se vayan al cuerno, los antiguos rockeros no lo abandonarán. Eh, carcamal, los Sex Pistols están más muerto que tus puñeteras neuronas de intelectual piojoso del 77, podría contestarme un joven que necesitaría un arreglo bucal vía puntera de acero, pero no le faltaría razón para muchos, ¿acaso el rock no está ya muerto y enterrado desde el momento que sólo son esos viejos rockeros los que defienden el auténtico sonido de las guitarras?

La respuesta podría ser afirmativa si viviéramos en un mundo extremadamente desagradable, en uno en el que no se respeta ni los presupuestos más básicos de la lírica musical, pero por fortuna nuestra tradición musical ha impedido que Bloc Party fueran el único grupo que se impusieran durante el 2004; mientras el hype más nauseabundo seguía las correrías de unos críos con oído de tocino, Gluecifer publicaba su último y mejor disco: Automatic Thrill. De hecho el nombre no podría ser más rock&roll: Automatic Thrill, Emoción Automática; un grupo que es capaz de poner un nombre tan 80’s, tan hard rock, tan hard cock, a un disco ya demuestra por donde pretende imponer su sonido: por la vía de sus santos cojones. Por ello van saltando con una soltura que desearían para sí los más ágiles equilibristas de circo del mundo entre los espasmos speedicos de Automatic Thrill, hacia los excesos etílicos de la sobrealucinada Take It para acabar destrozando el bar que supone el disco en el ejercicio de trifulca tabernaria personificada de Car Full Of Stash. Eso son Gluecifer, exceso en estado puro, y quien lo que busque es un grupo que no le haga saltar de un lado a otro de la habitación con ganas de partirle la cabeza al prójimo de un botellazo en la cabeza, que se apee del rock, porque no ha entendido nada.

Violencia, drogas y emoción automática -por si aun seguís pensando en ello: sí, es una metáfora del orgasmo- es la receta que nos proponen Gluecifer para dejar de estar zapatilleando ladeando la cabeza ante el enésimo grupo de niños imitadores (malos) de Ian Curtis; tira la mesa abajo, mueve las melenas, rompe tu guitarra pared mediante, revuélcate por los sueños como si fueras una croqueta en busca de su destino. Pero es que de eso mismo trata, como nos demuestran literalmente canciones como A Call From The Other Side, es la llamada desde el otro lado, es la irracionalidad adolescente, la catarsis vital, que nos lleva hacia la destrucción y la fiesta como una simbiosis en la que podemos aunarnos en comunión en una irracionalidad absurda donde todo el mundo hace lo que le da la gana sin mayor limitación que el prójimo haciendo lo que también le plazca. Para, al final, sólo quedar la estúpida sonrisa del que sabe que el rock&roll no está muerto, que el rock&roll sigue siendo y será ese espasmódico acto de descontrolada violencia musical.

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