Death – Individual Thought Patterns (1993)

por Álvaro Mortem

Aunque nos resulte doloroso admitirlo, quizás incluso algo humillante, existen personas que definen por sí mismas géneros y patrones enteros de las artes a través de las cuales se mueven. Estos hijos pródigos de la técnica, bastardos impuros de la desviación ecléctica del margen, son los príncipes desterrados por progresistas en el imperio del inmovilismo que, tarde o temprano, acaban llamando a la puerta del reino que les expulso para reclamarlo como propio; matar al padre sólo tiene sentido cuando eso supone una evolución, no sólo imitarle en todos sus ademanes. Si amamos a los revolucionarios, si creemos que Varg Vikernes o Burial son héroes en sus respectivos campos, es por su capacidad para lanzar su mierda contra la cara del padre, de lo que se supone que deben hacer dentro de un género específico, para cimentarse sólo en su propia verdad. Y nada más.

Este sería precisamente el caso que nos ocupa con Death, grupo nacido bajo la estela de la ortodoxia del death metal -o, al menos, dentro de toda ortodoxia que podían asumir, que era más bien poca-, al desdibujar las antiguas pautas del death metal más agrio, aun demasiado apegado al thrash metal y sus devaneos de ruidismo ciclónico, en favor de una nueva paleta de colores basada en la brutalidad desaforada y la técnica pulida hasta el último detalle. Pero lo que Death entienden por brutalidad se sitúa muy lejos, casi en las antípodas, de lo que los antiguos grupos del género podrían considerar que es brutalidad: no hay gritos desaforados acompañados de guitarras afiladas, es una brutalidad técnica; si el death metal clásico son las torturas al estilo medieval, brutales y sin sutilidad, el death metal a partir de Death sería las torturas médicas del siglo XX: metódicas, finas, viscerales, produciendo el máximo dolor con la mínima injerencia de medios. La irónica Jealousy sería el ejemplo perfecto de este metodismo del dolor ilustrado al mostrarnos esa fusión entre free jazz, death metal y la sutil capacidad de sonar como una apisonadora aplastando nuestro lóbulo frontal en mitad de una salvaje rave en los suburbios del alma.

Ahora bien, todo esto sería agua de borrajas si no hubiera un promotor fuerte de la capacidad de infligir el desaforado caos ordenado que se imprime en cada una de las canciones, y ese alguien tiene nombre: Chuck Schuldiner. Su guitarra, una de las mejores de todos los tiempos, sobrevuela por cada canción como mil mariposas de acero que laceran el viento descuartizando cuanta materia se encuentran a su paso sólo pudiéndose ver enfatizadas ante la furia de una batería en torbellino que realza esa fuerza bruta dentro de sí. ¿Y qué decir del bajo? Una fuente de rabia, una trampa pegajosa donde quedar atrapado con los pies rehogados en su espesor para ser aniquilados de forma metódica e inteligente por sus compañeros -no es baladí esto: Trapped In A Corner es, posiblemente, la canción más técnicamente violenta de la historia de la música.

Esta es la revolución del dolor y de la muerte diseñada, del sufrimiento matematizado como un cálculo ponderable en el cual infringir las heridas exactas que exigen las enfermizas mentes de una ilustración de la catarsis violenta. Eso es Death y por eso mataron al padre: ese maldito bastardo no paraba de darles palizas, y ellos le hicieron morir entre un enjambre de muerte acerada que voló invisible desde todos los rincones de su música, de su nuevo legado del terror.

2 comentarios to “Death – Individual Thought Patterns (1993)”

  1. Schuldiner, Larocque, Hoglan y DiGiorgio; chúpate esa que es de fresa.

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