El espejismo electrónico

por Mario Cotos Franck

¿Puede llamarse electrónica incluso si no hallamos ni rastro de sintetizadores? ¿Es necesaria esta pregunta? Desgraciadamente sí. Limitarse a catalogar como (música) electrónica aquélla que tiene en el synth su rasgo predominante y/o definitorio peca de maniqueísta y conservador, y así se revelan incluso muchos creadores. Y no hablo de hace treinta y pico años, cuando las texturas sintéticas resultaban exóticas e inauditas. Hablo de ahora, cuando las fronteras genéricas han llegado a tal ductilidad que casi parecen razonar de forma autónoma, cuando catalogar la música -como ente, como expresión- tiene más de ridículo que de esclarecedor. Se tiende a elogiar la fidelidad a un género con la misma inercia con la que se venera el experimento, aunque éste carezca de fundamento y no alcance ningún destino memorable. Pero al final del día, un músico no se plantea el género. Se plantea colores, formas, texturas, energías y estructuras con el fin de transcribir lo que siente y considera necesitado de un vocal. La validez y vigencia de las etiquetas musicales es intermitente y finalmente caprichosa, porque termina siendo utilizada desde la inconsciencia, por el oyente, sin más pretensión que sentirse cómodo topografiando un terreno que el propio músico rara vez se plantea. Salvo cuando éste se propone vender una (pen)última frontera.

Puedes hacer un disco de electrónica con guitarras y después venderlo como un disco de máquinas, porque la mayoría creerá oír sintetizadores, así están educados. “A Young Person’s Guide To Mark McGuire” de -sí- Mark McGuire es un disco de electrónica donde el sintetizador -de haberlo- está siempre subordinado a la pedalera de efectos. McGuire es, evidentemente, guitarrista de profesión, pero está fabricando electrónica, desde que explota su instrumento materno hasta donde la imaginación le permite, mecanizando o fluidificando los riffs de forma disciplinada y matemática hasta crear simetrías, algunas de vocación escapista, otras decididas a inscribirse en la memoria del oyente. Michael Brook también fundió electrónica y orgánica al inventar la guitarra infinita y convertirla en tejedora de mantras y paisajes. Los sintetizadores no supusieron ninguna revolución en lo conceptual, aunque aún haya quien así lo crea, cuando resulta tan condenadamente sencillo distinguir la forma del concepto. Claro que abunda el creador desnortado por sus limitaciones, que sólo escribe la música que puede, no la que querría. De ahí que crea hallarse explorando cuando sólo transita una pequeña parcela, ésta además formal y no conceptual.

Ah, el sample. ¿Un eco cultural con aplicaciones prácticas o un salvoconducto al Olimpo hipster? Tristemente suele ser empleado del segundo modo, creando una falsa comunión emisor-receptor que subsiste gracias al gimmick cultural, poco o nada importa el alcance de su radio: es un maldito símbolo, ni siquiera un signo de identidad, algo inerte e inexpresivo, tan fresco como un cartón de leche agria. Pero para qué cuestionar su legitimidad, cuando el pan ya no se hace con levadura sino batiendo convenciones culturales. Y luego lo llaman alquimia, algunos incluso dicen que es ciencia. Caer en ese error de juicio es reconocerse víctima del espejismo, que es uno proyectado por personas que están de paso, creadores sin corazón. Esa chusma.

Resulta inquietante que tanta gente siga confundiendo la música desalmada con música electrónica, mientras que al otro lado se invierte esta sentencia y demuestran estar igualmente equivocados. Los primeros por su permeabilidad y ausencia de criterio frente a lo formal, los segundos por estar convencidos de que la exquisitez avisa de su esencia por lo estético. Lo que tenemos aquí son dos colectivos que destacan por su pereza ya no mental, sino lo que es más grave, sensorial. Fenómeno que, por cierto, ha sido tratado a menudo por parte de aquellos que sí han entendido la electrónica y han hecho de ella su feudo. Con o sin sintetizadores, pero con toneladas de ironía. Hay que matar a Buda siempre que se aparezca en el camino, ésta es la máxima del progreso, y no otra.

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