Jóhann Jóhannsson – FordLandia (2008)

por Israel Fdez

Se dice con diligencia que la escena musical actual es un yermo. Nada más lejos de la realidad. Tal vez precise barbecho, pero muchos artistas lidian contra ese cliché a golpe de talento y tenacidad. Mientras unos aguardan año tras año nuevo disco de Tool y otros elucubran con la posible reunión de los mastodónticos Godspeed You! Black Emperor, algunos hemos aprendido a encontrar alternativas que terminan aleccionando a sus padres creativos. En esa búsqueda de músicas experimentales, bajo el paraguas de Boulez o Messiaen, convive una piedra de Rosetta que no atiende a mercados o tendencias.

Jóhann Jóhannsson no forma parte de esa corriente popularizada por Thomas Newman (e imitada ad nauseam), aunque pueda sugerirlo tangencialmente, ni está incómodo con formulismos nuevos como los pioneros del jazz. Simplemente, disfruta experimentando cosas. Igual cae en barrocos estocásticos que juega a minimalismos de manual. En Fordlandia, las fuentes de inspiración son diversas: el Fitzcarraldo de Werner Herzog (incluyendo la BSO de Popol Vuh), los tejemanejes del ocultista Jack Parsons, el colectivo japonés Boris o la famosa utopía que da nombre al concepto, parte de su trilogía industrial. Ford Land es zapatos negros y camisa blanca, burguer y café, ventanas translúcidas, ley seca, salas de juntas con muebles importados… un tío Sam transfigurado en Holandés Errante, sueños trocados en espectros, una cáscara de amianto que nos recuerda cuan fatuo es el sueño americano. Quizá no evoque la temática que trata, pero sí las consecuencias de la misma.

Bajo el emblema de 4AD, el disco abre con un crescendo de cincuenta segundos premeditadamente dúctiles y, tras una melodía con basso continuo que servirá de leitmotiv, cierra un ritardando continuo de unos cinco minutos. Una composición atípica, pero en absoluto irregular. Encadenando una sección de improvisaciones (Melodía I, II, III y IV) con el resto de ‘canciones’, el conjunto es una esfera perfecta. Es más, un rasgo culturalmente separador de cada folklore popular es el rango de ajuste de las progresiones armónicas. En Fordlandia se sucede un acontecimiento hasta cierto punto de estética innovadora: persiste una acusada armonía de acordes abiertos alternado, con magistral condición, la teórica arrastrada de la Segunda Escuela de Viena, donde confluyeron de manera precisa, modernistas de sociedad como Anton Webern, un jóven Alban Berg de visión introspectiva o Schönberg, el propio fundador y precursor de las mezcolanzas politonales que generaría todo un torrente de alumnos,  incluso heredados hasta el Berlín electro de Klaus Schulze.

Comparado con otros trabajos suyos, se han ido los sintes, pero siguen las guitarras. Es delicioso escuchar la cuerda de la City Of Prague Philharmonic Orchestra, que tantas veces han servido sus solventes intérpretes en videojuegos y cine, con semejante pureza. Imagínense en medio de un páramo gris abordados por etéreos violines, clústers y el viento-metal, arrastrándonos a un purgatorio de emociones. Del Romanticismo al Neo-Gótico. Y es esa pureza, la que sirve de manifiesto para situar a la Naturaleza en su lugar de origen, ejerciendo poder y oxidando los enjambres mecánicos de casas y fábricas american standard. Se concurre en el error de creer que experimentar es improvisar, pero esta partitura está milimétricamente medida, quizá hasta excederse, para provocarnos una catarsis que nos desvincule de lo mundano y así acceder a un terreno edénico… aunque siempre retornemos al barro del cual venimos.

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