Ashes to ashes, vinyl to vinyl

por Mario Cotos Franck

La primera película -son pocas y contadas- que husmeaba en las miserias de la industria discográfica tiene casi cuarenta años pero se mantiene perfectamente vigente, sin duda gracias a su (per)versión del mito de Fausto, aquí un inocente y talentoso compositor (Leach) enfrentado/sometido a una suerte de Dorian Gray diabólico (Swan) que se mantiene joven y rico robándole el alma a los artistas para producir a intérpretes insustanciales y esperpénticos como el Beef al que encarnara Gerrit Graham. La conclusión del film, patética y romántica, mostraba a sus protagonistas como fuerzas codependientes e igualmente malditas; Swan es un magnate del disco por obra del Diablo, Leach sólo conocerá el éxito sacrificando su existencia y lo vivirá a través de esos intérpretes, desde las sombras de The Paradise. Y así, mediante esa alquimia de mitos, De Palma -autor del guión- dotaba de carne el litigio entre arte e industria. Casi cuarenta años y la película va revelándose profética, porque como en ella, la en un principio clara frontera entre Leach y Swan va desdibujándose gradualmente hasta que sus figuras se confunden. Sólo hay un elemento que ha quedado claramente desfasado: el disco, su valor industrial y artístico, pero también simbólico, de un esfuerzo cuasi heroico.

En su día un artista no accedía al privilegio de grabar un disco sin antes haber probado su talento y rentabilidad (no olvidemos su condición como activo industrial) a golpe de hit single. Privilegio porque el coste de una grabación profesional era -y sigue siendo- de todo menos accesible… claro que se trata de otro mito, uno convenido con tal de preservar la dinámica del negocio y su aura elitista. Digo esto porque la inversión que se hace en equipo técnico, teniendo en cuenta las tarifas que se acostumbran a cobrar en los estudios de grabación, es una rápidamente amortizable y no obliga a realizar otras de forma periódica y regular salvo que uno quiera ir actualizando la maquinaria. A todos los efectos, es una industria como cualquier otra, con la diferencia de que las figuras del comerciante/distribuidor y el artesano/artista se distinguen de un modo sangrante y violento. Y como en la película, ambos se necesitan, pero uno de ellos se impone al otro -sobra decir quién- con la promesa de una carrera profesional.

Todo eso cambió con la informática, que posibilitó la copia digital y física doméstica, e hizo relativamente económicos los medios necesarios para la grabación musical. La Industria se mantuvo no poco tiempo obstinada en seguir generando ventas millonarias, hasta que la realidad del pánico y la clara ausencia de estrellas como las de antaño les puso en su sitio. Es importante esa carencia de talentos genuinos y explosivos en la escena presente, desde que indica glotonería por el capital antes que interés por la incuestionabilidad del producto. Swan ya no es eternamente joven porque Leach ha descubierto sus secretos y le ha expuesto como lo que realmente es, un usurero de almas. Así el LP hoy ya no es la confirmación de un talento, ni el esfuerzo que viene de éste. El LP es una simple tarjeta de visita, con el hit en mayúsculas y la información de contacto en un segundo plano. Pero también escasea el hit genuino y explosivo: ya no es un requisito porque la Industria no cree en sus activos, se conforma con obtener cierta tranquilidad que busca en los números antes que los méritos. Un LP ya no es una carpeta ni un concepto, mucho menos la prueba de una visión consolidada. El hechizo se ha roto y nadie sabe cómo manejar este listado de obviedades.

Si a los trajeados la codicia no les nublara el juicio, podrían probar a rescatar ese circuito olímpico -que no competitivo- mediante el cual se probaban los talentos de sus aspirantes, donde un hombre rico no confiaba su capital en un artista sin que éste se demostrara antes un generador de beneficio; lo que los angloparlantes han acordado en llamar game changer. Expresión ésta que era utilizada con abierto cinismo en “Get Him To The Greek”, otra película que removía las turbiedades del negocio. Pero la clave de todo la concretó De Palma, precisamente un artista que ha sabido operar dentro de los parámetros industriales sin sacrificar su integridad creativa. Si sólo Leach hubiera sabido cómo hacerlo.

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