Yoshinori Sunahara – The Sound of ’70s (1999)

por Álvaro Mortem

La característica básica por la que debiéramos amar a los músicos japoneses, aun cuando es una concretud que se da en el pueblo nipón en general, es por su capacidad de deconstruír cualquier género radicado en Occidente, en cualquier punto de éste, para, en su reconstrucción, llevarlo varios pasos más allá de los que en teoría podían llegar. Bajo esta perspectiva no debería sorprendernos que en Japón sea, precisamente, donde la música adquiere unos tintes de virtuosismo en cada uno de los géneros que asume para sí mismo, incluso aun cuando son los más populares y menos dados al riesgo o la experimentación de cualquier tipo -cosa que demostró sobradamente el decano musical de Japón en Occidente, el ínclito Ryuichi Sakamoto. No existe nada creado por el hombre que, en algún momento, un japonés no pueda retorcerlo para añadirle un particular punto de vista nuevo.

El caso de Yoshinori Sunahara a este respecto estaría mediado por su incapacidad propia de no revolucionar cuanto género musical toque. Como parte de Denki Groove revolucionaría el techno pop y articularía las bases del shibuya-kei junto con otros grandes del género como son Flipper’s Guitar, siendo para el género lo que estos fueron desde el rock partiendo ellos desde la ejecución puramente electrónica. Después, ya en solitario como DJ, Yoshinori Sunahara ejercería en donde ha demostrado ser un auténtico maestro -y donde dispondría de una obsesión tan férrea que rozaría lo esquizofrénico: la música de aeropuertos. Tres discos insuperables, auténticas obras de orfebrerías de un hombre incapaz de no revolucionar el chillout hasta hacerlo una base complejísima de acid house, bossa nova y el chillout como tal, pero que sólo llegarían a su cenit en este The Sound of 70’s. No hay nada en éste que no estuviera ya en los anteriores, o siquiera que no estuviera ya en fase embrionaria en el género en sí mismo, pero Sunahara lo gesta en su propio seno para parir un hijo polimorfo capaz de devorar cualquier gen recesivo de mediocridad.

Ya desde el mismo título nos da algunas pistas de que podremos encontrar aquí, pues si es el sonido de los 70’s tenemos una idea más que aproximada de lo que podía suponer esa década. Y estarían ustedes muy equivocados. Durante la hora (muy) larga que va desarrollando sin ninguna celeridad prematura el bueno de Sunahara va fabulando unos 70’s completamente ficticios de oropel donde los vuelos transatlánticos, las playas paradisíacas de Brasil, las discotecas más estilosas del viejo continente y los negros hijos de Motown se dan la mano para crear un universo más bello, más fantástico; los 70’s no sonaron así, estos son los 70’s pasados por la vibrante mirada deconstructiva de un japonés amante de la vida. Todo es fiesta, calma y fervor; es imposible no acercarse a la maravillosa intro del disco, Theme from Take Off, sin entender todo: nos subimos en un avión-crucero en el cual viajaremos en el espacio y en el tiempo hacia una fiesta tan vintage como surrealista en la cual descubriremos la auténtica cara de como debiera haber sido el mundo.

Precisamente porque nos sumerge en éste mundo más allá de la Historia, más allá de que los 70’s no fueron esto más que en la mente de Sunahara, consigue articular un discurso que nos suena tremendamente familiar: esto no son los 70’s, pero sabemos que todo eso estuvo en los 70’s. Quizás The New World Break sea un Malcolm McLaren demasiado aficionado al acid jazz de radiofórmula para no ser un puro anacronismo pero, ¿a quién le importa? Al fin y al cabo también sería imposible que una canción como 747 Dub, una maravillosa mezcla entre el dub que se articularía hacia finales de los 90’s y una composición clásica, pero muy sexy, de chillout, existiera en los 70’s pero, en ningún caso, estos anacronismos nos impiden sentirnos en la década. Muy al contrario, a través de esta mezcla surreal, constante y forzosa nos permite vislumbrar los 70’s tal y como fueron y no tal y como los dice la historia; no ve los 70’s como un tiempo histórico, sino como un espíritu que atraviesa una cierta forma de concebir la música, el arte y la cultura hasta nuestro tiempo.

Quizás por eso, entre tanto exceso disco, dub y acid jazz, incluso resulte sorprendente encontrar composiciones tan poco barrocas y apegadas a su época como puede ser la fabulosa Sun Song ’70. Esta pequeña joya de orfebrería esta compuesta como una clásica melodía de bossa nova a la cual se han incluido ligeros detalles de glitch que realzan la belleza del conjunto mientras, a su vez, hay un énfasis particular en la labor del bajo como compositor de la imagen general. Esto, incluido un piano completamente trasnochado en su tecnicismo sutil, nos da lugar a una canción grandiosa, inmensa e imposible; es imposible hacer bossa nova, mucho menos chillout, como hasta el momento sin pensar en Sunahara. Todo es un ejercicio de estilo tan esplendoroso, tan brillante y excesivo, que incluso en la canción más clásica y apegada a los cánones destruye cualquier noción de retrotraimiento. Todo cuanto acontece aquí es el rupturismo brutal que ocasiona el conocer en profundidad todo cuanto acontece en el género, en los 70’s, en sí.

Pero esto es un viaje, una síntesis si se prefiere, de que es el espíritu absoluto de los 70’s por lo cual, tristemente, debe acabar en momento alguno. Por ello la última canción del disco, la sutil Theme From Landing, ejerce como punto último de desestructuración de los acontecimientos. Esta canción insignificante, pomposa, plagada de un manierismo tan salvaje que pasa desapercibido en su catedralicio espíritu pop, nos da el resumen de todo cuanto ha ocurrido mediante la simplificación (falsa) de todas las composiciones que hemos estado oteando superficialmente -porque, incluso en la escucha más atenta, apenas sí se pasa siempre de la superficialidad en unas canciones que tienen siempre algo más– sin apenas darnos cuenta. He ahí el gran triunfo de este viaje de Sunahara: nos transporta a un mundo mágico, falso históricamente, pero que resulta verdadero en tanto espíritu de los 70’s pues, sin escuchamos el disco, sabemos que los 70’s fue esto y no lo que diga un libro de historia. Por eso la canción requiere de más de treinta minutos de silencio -por otra parte, indispensables para el conjunto- para acabar en una mínima composición final que despertaría el puro espíritu techno/alienígena. Porque, al final, todo se resume en eso. Los 70’s han muerto, ¡vivan los 70’s!

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