Oneida – Preteen Weaponry (2008)

por Manel Mourning

Tengo una debilidad confesa por Oneida desde aquel enorme Anthem Of the moon. Es una dedicación inestable y caprichosa, pues a veces retornan a mi mente y tan rápido como vienen se vuelven a ir para no recuperarlos en varios meses. Pero Oneida pegan fuerte. Es una banda difícil, aunque no lo parezca, que requiere adentrarse hasta el final en su bella espesura y no permite intrusismos de canciones aleatorias ni apariciones esporádicas si lo que se quiere es profundizar en ella. Oneida es un cocido de ligera prueba pero pesada digestión. Cambian constantemente de registro, influencias, medios y mensaje, incluso en un mismo disco, llegando a convertirse en una tortura si lo que se busca es distracción fácil y una delicia si lo que se quiere no es nada en concreto.

Este disco es la primera parte de la trilogía Thank Your Parents, que a la vez está considerada la introducción a su faraónico triple disco Rated 0. Preteen Weaponry está formado por tres canciones que han sido escritas para ser escuchadas en este orden concreto, como mi amado Spiderland, demostrando el ferviente amor de la banda por la mezcla perfecta entre psicodelia, rock progresivo y los ritmos más retorcidos, enroscados y sinuosos aderezados con la música propia de las culturas más ancestrales del este de Europa, a los que llevan a un nuevo nivel acompañándolos de sintetizadores y percusiones tribales que, por cierto, son una constante en toda su carrera y que los acercan al folk más crepuscular. El poder único de Oneida es conseguir que lo que estás escuchando en este preciso instante sea totalmente irrelevante. Es la química del resultado lo que importa. El camino que elijas cuando te sumerges en su música y la sensación que pueden provocar al oyente cuando atraviesa el ecuador, ese punto sin retorno difícilmente determinado, en el que realmente se puede apreciar lo que se está escuchando. De ahí su dificultad y la maestría y paciencia que requieren. Su tesoro es la manera de alargar un groove hasta el infinito o enredarse en su espiral de sensaciones que no llevan a ningún sitio en concreto, tan solo a donde el oyente desee ir. Pocas veces este disco va a resultar musicalmente intenso o estrepitoso. Y nunca jamás escarpado. Es más bien un meandro que fluye con calma y que reta a nuestra paciencia y perseverancia a continuar caminando un camino donde a pesar de todo reina el sosiego. Tan solo en su parte final, la tercera, es donde Oneida se desatan y la celeridad aumenta, aparecen los teclados, la batería de Kid Millions explota en mil y un colores hasta que la música se para y el disco se acaba.

Es complicado comparar el trabajo de Oneida y otras bandas, tanto de Jagjaguwar como alienas a este sello, con otros tipos de música a las que estamos más acostumbrados. No me refiero a los medios a través de los que nos llega o a la poca o nula aceptación que esta manera de entender la música tiene en nuestro país. Hablo del concepto de entretenimiento que hay detrás de todas ellas, un concepto que se aleja definitivamente de las fórmulas más encajadas de la típica canción que deja poco o ningún margen a la imaginación y a que el oyente participe directamente en lo que está escuchando, llegando a ser un mero espectador que puede apreciar lo que recibe pero que nunca podrá hacerlo suyo.

Oneida – Preteen Weaponry


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