Poliça – Give You The Ghost (2012)

por Carlos Garm

Lucinda Williams escribe sobre desengaños, sobre los suyos concretamente, de una manera obsesiva. Disecciona cada una de sus experiencias, las dota de razones y sentido, intentado explicar sus rupturas sentimentales en canciones que no pueden ser menos que perfectas en todas y cada una de sus facetas porque si no lo fuesen no tendrían razón alguna para ser. De no serlo no lograrían librar a Lucinda, aunque solo sea temporalmente, de esa obsesión.

Give You The Ghost también trata sobre corazones rotos pero de una manera radicalmente distinta. Aquí Ella no es el principio y fin sino el canal o la invocadora, si así quieren verlo, de la verdadera esencia del disco. No es música para librarse de los demonios sino para conjurarlos. Todas las canciones se mueven en torno a Su voz, que ya no habla sobre si misma sino que evoca los sentimientos de una forma pura, destilada. No cabe, por tanto, el ego. Creo que si Ella intentase convertirse en mito, por la clásica vía del rock and roll, no podría conseguirlo, no porque sus canciones no signifiquen cosas para aquellos que las escuchan (nada más lejos) ni porque esto ahora sea mucho más complicado que en la época de Buddy Holly (pregúntenle, si no me creen, a Richey Edwards) sino porque ya no es Ella quien nos habla, sino que es a Su través.

Tan lleno está este album de sentimientos que me cuesta incluso relacionar cualquier imagen, estática o en movimiento, con el contenido del disco. Hablo, incluso, de la portada que pueden ver encima de estas líneas (que solo puedo suponer esté ahí, gracias a la acción del Editor, que la habrá insertado en editor que la convertirá en un tag de un lenguaje de hipertexto que sus respectivos navegadores localizarán gracias a un lenguaje regular y les mostrará, si todas estas cosas no han fallado, haciendo uso de una librería de renderizado. Cómo es el mundo) o de este maravilloso vídeo, del que solo puedo retener dos cosas: los dos bateristas perfectamente sincronizados tocando una base que no desentonaría en un disco de Death Grips pero que parece desvanecerse entre los versos y las manos de Ella, preparando la siguiente invocación en un instrumento que fosforece.

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