Jaga Jazzist – One-Armed Bandit (2010)

por Álvaro Mortem

Existen discos que sólo se pueden comprender en tanto aceptamos que son obras que nos resultan extrañamente familiares sólo en tanto nos resultan completamente singulares. Cuando nos acercamos a uno de estos trabajos somos conscientes de que hay ahí un montón de referencias indómitas, de cosas que no comprendemos y seguramente se escapan de nuestro conocimiento mismo, pero que sin embargo nos suenan perfectamente bien; hay discos que a pesar de ser completamente ajenos a nosotros nos resultan fácilmente asimilables como propios, no nos cuesta aceptarlos aun cuando nos resultan extraños si lo pensamos fríamente. No es nada común que algo así ocurra con un grupo como Jaga Jazzist, los cuales resultan tan singulares dentro del paradigma del nu jazz que han conseguido conocer incluso un moderado éxito en el mainstream.

Cuando estos loquísimos noruegos deciden llamar a uno de sus discos máquina tragaperras ya sabemos exactamente a lo que nos enfrentaremos: un miasma de sonidos estridentes que van solapándose uno con respecto de otros de una forma constante. Sin embargo lo que nos encontramos es un disco donde los sonidos más sencillos del jazz, con un especial énfasis en sus articulaciones más sensuales, se dan la mano con complejísimos paisajes de aires matemáticos que producen en el conjunto una sensación de savoir faire exquisito. La magia del disco es sonar siempre sencillo, accesible, como un grupo de lounge pero sólo con respecto de aquel que no tenga un oído entrenado para las particulares complejidades del nu jazz -complejo por partida doble: por jazz y por electrónica– pero como una pequeña tormenta de sutilezas para aquel que sí sepa apreciar cada uno de los mínimos arreglos y requiebros que sostienen en este particular discurso musical. Los punteos salvajes, el sutil glitch en segundo plano, las lineas de bajo ondulantes y las baterías que se descontrolan en su calma radical son sólo algunos de los detalles que el oyente medio no escuchará, y no le hará falta apreciar para disfrutar del disco, pero que los más versados en la música apreciarán como auténticos oasis de placer.

¿Qué sentido tiene entonces que se llame tragaperras un disco que apuesta siempre por esa aparente accesibilidad que no es tal, por esa sencillez que esconde una profunda complejidad? Porque en ese engañar, en ese parecer inofensivo, actúa del mismo modo que una máquina de esta clase: nos engancha a echar una moneda más, a escuchar una canción más, porque es como sí en realidad no estuviéramos invirtiendo (dinero o tiempo) en él; es una culpa gozosa, un placer sin necesidad de reflexión. Nos hipnotiza con maravillosos vaivenes sonoros, con una capacidad imposible de sonar como un ulular constante y uniforme, que nos lleva hasta un estado mental donde no somos capaces de reaccionar ante él; para cuando queramos darnos cuenta, ya haremos escuchado varias veces el disco o nos habrá saltado ya a través de cuatro o cinco canciones sin habernos dado cuenta -o el caso totalmente contrario, cuando creamos que ha habido varios cambios seguiremos exactamente en la misma canción. Lo que hace de los Jaga Jazzist ese algo tan sugestivo, esa razón para que pueda interesar tanto a tu madre la que escucha música demodé como a tu más exigente vena purista, es la capacidad para saturar los sentidos a través de estímulos no apreciables a primera vista pero que, de hecho, están ahí. Exactamente igual que las máquinas tragaperras.

El hecho de que la música nos recuerde constantemente a los más esnobs del lugar al delicioso jazz de Yuji Ohno sólo consigue reforzar esta sensación de vaciamiento de todo sentido con respecto de la música. Incluso los más férreos defensores de la escucha atenta, dura y analítica de la música caerán ante una sugestiva saturación sensorial en la que quedarán a merced de mil detalles inapreciables, de cosas que están ahí para ser escuchadas sólo por casualidad, siendo noqueados como novatos ante la táctica más vieja del mundo para obnubilar la mente del oyente. Ahora bien, esa capacidad no hace que su música sea menos virtuosa sino que, al contrario, hace de Jaga Jazzist uno de los grupos más sugestivos del nu jazz: su capacidad para ir más allá, de aunar en gustos al común de los mortales con el purista del género más acérrimos nos enseña que hay una tercera vía posible dentro de la música: ni digestión simple ni comida de conneiseurs, comidas de un millón de matices que insensibilicen partes selectas de la lengua del comensal para homogeneizar y disruptir la experiencia diversa de un plato tan sencillo como complejo.

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