The Walker Brothers – Nite Flights (1978)

por Álvaro Mortem

La idea de que todo tiempo pasado siempre fue mejor es uno de los muchos lugares comunes que definen la imbécil perspectiva de que todo lo que venga de otra época ha de ser necesariamente un punto más puro de toda forma verdad; la nostalgia, la enfermedad de los mediocres, contagia cada rincón del mundo. Ahora bien, encerrarse en la perspectiva contraria de que todo presente es necesariamente mejor -aun más cuando todo presente es apenas sí plagio del pasado inmediato en el mainstream– o que de ese pasado sólo merece ser rescatado una mínima parte, es igualmente imbécil. En el pasado hay tanta belleza por rescatar como mierda por ser sepultada bajo las murallas del tiempo. ¿Donde entran aquí en juego The Walker Brothers? Como no podría ser de otra manera, en el primero de los casos.

Corre el año ’78 y el grupo liderado por Scott Walker ve como el tiempo confabula contra ellos, después de un regreso espectacular en No regrets que les volvió a llevar a una posición envidiable dentro de su género vieron como la llama del punk apagaba toda posibilidad de que la juventud se interesara por una música que no sólo es pop, sino que es terriblemente compleja en su sinfonismo. El baroque pop que cultivaron The Walker Brothers en toda su carrera se disparó en todas direcciones hasta conseguir disputar el título más deseado por todo grupo de la época que se preciara: el convertirse en un clásico absoluto del rock. Las ventas y los charts no acompañaron aun a pesar de que Nite Flights no sólo es su último disco, sino el mejor que compusieron nunca -cosa lógica: en su propia genialidad está el límite de la entrada que imponen: accesible, pero requiriendo un esfuerzo que el oyente medio ya no estaba dispuesto a ejercer en la época. Por ello hoy ya hemos olvidado este fantástico ejercicio de barroquismo lleno de instrumentos de cuerda, casi hasta abotargar la propia melodía de la música, con un bajo y una batería que parecen predicar que el mínimo común denominador es la máxima aspiración de la complejidad musical.

Ahí será, irónicamente, donde encajará con el espíritu de sus tiempos: es baroque, es pop, pero sin embargo tiende hacia la simplificación de sonidos y formas. Todo se sitúa bajo sutiles orquestaciones, nada invasivas con respecto de su propio carácter pop, que se ven complementados con elegantes usos de saxofón que terminan de dar al conjunto ese aire onírico y exclusivista que no es tal; es sencillo, que no simple, pero suena sólo digno de los oídos más exquisitos. Quizás podríamos achacar a ello, ese enmascaramiento de su propia sencillez, el que no llegara a un público que no quiere que la música sea sencilla sino también que parezca sencilla. Sin embargo cualquier buen connesieur de los sonidos apócrifos aquí se esconde el cual será, con cierta seguridad, el mejor trabajo que el bueno de Scott Walker compuso jamás, una serie de piezas tan exquisitas y bien pulidas que parecen miniaturas de un todo en fuga que se hizo ayer pero la mayoría de grupos envidiarían el poder haber hecho hoy. Pero, además, eso ya le ocurrió en su época: ya en el ’78, el año en que salió, sonaba como un trabajo tremendamente retro, anacrónico para su época. Quizás por eso es maravilloso y fantástico porque, por una vez, un disco nos recuerda la sencillez y gloria de una época pasada desde su carácter de singularidad con respecto de su tiempo, no copia de un tiempo pasado que le es ajeno.

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