War Tapes – Continental Divide (2009)

por Álvaro Mortem

Si hay una problemática dentro de la música -aunque podríamos decir dentro de la cultura y el arte en general- que es malinterpretada de una forma tan sistemática como deleznable, esa es la de la ausencia total de originalidad en la música contemporánea. Es por ella que hablamos de como toda música hoy no es más que una retromania, una espeleología archivística del pasado, pero lo realmente problemático no es en sí que ya no se creen nuevos géneros definitorios de un sonido que sea eminentemente nuevo, algo que roza lo imposible hoy por hoy, sino que los grupos carezcan de un hálito propio; los grupos no sólo copian los sonidos antecedentes a sí mismos, sino que también renuncian a aportar su propia ánima personal dentro de su propia música. Esta determinación nos lleva a la más cruel de las obviedades: el problema no es la arqueología archivística que se emprende en la música, es que no hay músicos con una personalidad suficiente como para erigirse a sí mismos como una ruptura extática con todo pasado.

Esta diatriba viene al caso en tanto War Tapes son un acontecimiento disruptivo al respecto de esta existencia anodina de malas copias de robots programados a través de un flujo casi infinito de información (musical) sin digerir. Partiendo del post-punk de índole más clásica, aunque sin redundar en ningún nombre reconocible explícito más allá de la deconstrucción del sonido que podemos reconocer como tal -pues hay tanto The Sounds como de The Chameleons en su sonido, sin redundar en ninguno de los dos en tanto tal-, articulan un discurso propio que actualiza y renueva el género de una forma particularmente efectiva. Es por ello que lo que suena en su música nos es en todo momento familiar, o al menos debería sernoslo, pero sin llegar en momento alguno a la particularidad de que nos resulta ya escuchado en algunos de sus antecedentes más clásicos; la maravilla contemporánea que originan War Tapes es no hacer nada nuevo pero, a través de asimilar bien sus influencias, crear algo singular partiendo de su propia personalidad única. Por eso, a pesar de los bajos redondos y las baterías de tono conciliador, estamos lejos de estar ante el enésimo exploit joydivisionero, sino que de hecho estamos ante una obra tan personal como fascinante.

Para esto lo que hacen es no sólo renunciar a cualquier intento de imitar estricte sensu el sonido de ningún grupo anterior, lo cual incluye no engalonar la voz à la Ian Curtis, sino que refuerzan aquellas bazas que saben tan completamente personales que funcionan por sí mismas. Estas bazas son, esencialmente, dos: la voz del cantante y el cambio de velocidad. La voz de Neil Popkin nos arrulla con su fuerza de contundente barítono que, por momentos, nos recuerda a un acelerado Ian Astbury dispuesto a romper todas las barreras inimaginables de la rimbombancia vocal a través de su medición excesiva más inhumana. Esto sumado a la anormal velocidad que acaban asumiendo de una forma completamente natural en sus melodías, lo cual les acerca en último sentido en una especie de post-punk que enfatiza el punk por encima de su propio post, acaba por producir una violencia inusitada y completamente trastornada en unas melodías que siempre se sitúan más cerca del vigoroso puñetazo arranca pelotas de sus antepasados que en el deprimente devenir alcohólico de sus pares.

Estas dos pequeñas gran variaciones con respecto del sonido común, pero no específicamente reflejado en nadie en particular, del post-punk produce una extraña singularidad que, en palabras del propio grupo, sólo puede ser definido como Heart-Quaking Doom Pop; todo lo que acontece en este bordear la hora de intensidad absoluta es un maldito terremoto de dimensiones extremas de una agradable fiesta pop: no es una catástrofe a la cual temer, es una catástrofe en la cual debemos medirnos a través de su propio disfrute. War Tapes entran en la escena musical dando patadas, mordiscos, haciendo piquetes en los ojos y dando hostias hasta en el alma a todo aquel que intente encasillarles dentro de cualquier noción o sugerencia de lo que debe ser el post-punk porque, de hecho, ellos están por encima de cualquier clasificación posible. Todo cuanto en ellos se contiene es recordable, puede remitirnos hacia algo específico, pero en su conjunto no podamos decir que eso no sean algo más que influencias interiorizadas que se exteriorizan no a través del plagio descarado, el mal endémico de nuestro tiempo, sino precisamente en el homenaje que sólo acontece en el parecido lejano y circunstancial del desarrollo de un estilo propio. Por eso, por su personalidad arrolladora y sinsentido, War Tapes no sólo es un grupo interesante, sino que es uno de los grupos más interesantes que podemos tener el honor de escuchar en la era de la bulimia archivística.

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