Panopticon – Kentucky (2012)

por Álvaro Mortem

El problema radical que siempre ha tenido el black metal es que nunca ha tenido un relaciones públicas lo suficientemente sensato como para saber como expresar de forma adecuada el ideario común del género. Si la figura más visible y exportable fuera de la micro sociedad blacker es Varg Vikernes, cuya leyenda como asesino, quema iglesias y posterior coqueteo con el nazismo trascienden por mucho a sus inquietudes intelectivas, es lógico que el género sea visto como un microclima de maldad supurante; no se puede esperar producir una reacción positiva hacia aquello que se expone como una cristalización de la maldad pura. Pero detrás de los pésimos embajadores y la tendencia sociopática de algunos de los más insignes representantes del género, se esconde una reflexión profunda que va más allá del hipotético satanismo o maldad inherente dentro del mismo: el black metal es, en último término, una reivindicación de los valores propios de la tierra donde se nació.

Sólo partiendo de la idea anterior podremos encontrar alguna clase de sentido a un trabajo tan personal como es Kentucky de Panopticon, en el cual los americanos deciden asumir las auténticas raíces de su tierra para hacer el primer disco que es genuinamente black metal de cuantos se hayan construido hasta entonces allende los mares. Por eso si nos resulta extremadamente común oír temáticas y sonidos que van desde lo vikingo hasta lo celta pasando por los omnipresentes griegos en las representaciones del género nacidas en Europa, la solución de Panopticon de integrar dentro de su discurso a cherokees y montañeses a través de la música folklórica de Kentucky: el bluegrass. Es por eso que la integración de banjos, mandolinas, dobros y flautas dentro del paradigma del black metal se compone aquí no sólo como algo lógico o natural, sino como algo que acontece en la propia necesidad de acontecer de tal modo; si el black metal es la destrucción de la reactividad cristiana, de la maldad inherente que hay en el colonialismo cristiano, entonces es connatural a su discurso integrar las formas culturales pretéritas y/o divergentes de éste. Panopticon logran esta integración por la vía de la delicadeza, haciendo que su inclusión sea tan completamente natural como necesaria.

Todo lo que contiene Kentucky es la oda de amor más sincera y pura que jamás haya oído una tierra en su honor, una declaración de amor tan directa que sólo nos queda la certeza de saber que realmente aman su tierra de una forma tan radical que les duele. Les duele saber que su tierra está colonizada por la opresión de unas ideas cristianas que afirman que disfrutar de las graminas que crecen en todo el norte del estado, y que dan nombre al bluegrass, es indecoroso porque la vida es un valle de lágrimas que debe ser acontecido con dolor hasta llegar a la otra vida donde sí se nos permitirá disfrutar de cuanto nos rodea. Esta es la idea contra la que se revelan de forma radical Panopticon al combinar un bluegrass de manual de ejecución perfecta que se va integrando de forma natural con un black metal rabioso, que da centelladas salvajes a los enemigos de la vida, mientras reclaman para sí el honor de su tierra. No sólo combaten la reactividad de la cultura cristiana, también reclaman para sí la gloria de la cultura inherente a su tierra. Porque eso es el black metal en su sentido más profundo, la lucha radical de hombres buenos que aman su tierra y su libertad por encima de la muerte inherente al discurso cristianizante.

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