Okkervil River – The Stand Ins (2008)

por Álvaro Mortem

Confundir la necesidad con lo que deseamos es un acontecimiento tan común como de hecho indeseable tanto en la música como en la vida. Es común que nuestros deseos nos arroguen a encontrar una música vanguardista pero accesible, de profunda complejidad pero sin caer en un barroquismo excesivo y que sea perfecto para darlo todo en la pista de baile pero sin descuidar la peculiaridad de la escucha atenta; generalmente lo que deseamos es excesivo, al menos si nos negamos a acudir a Boris o alguno de sus cohetaneos japoneses, paradigmas del imposible acontecido, y por ello debemos conformarnos con lo que necesitamos. Y, en ocasiones, lo que necesitamos se ajusta incluso de una manera más adecuada hacia lo que realmente deseamos en un momento determinado que todo aquello que creíamos desear pero no era más que un lastre para el momento del deseo mismo.

En éste sentido Okkervil River se podrían definir precisamente como esa necesidad que se nos muestra no tanto como hecho nuevo aparecido, sino como recuerdo que reververa físicamente ante nosotros. Es el recuerdo del folk y el indie rock mejor cuidado, no obsesionado con subir los decibelios y hacer exactamente lo mismo que los demás, siempre pensando en la necesidad sino de innovar sí al menos dar lo mejor de sí mismos. Sin trascendentalismos, sin gilipolleces. Todo lo que hay aquí es la mejor cosecha de un estilo muy bien definido, tan estrictamente pulido y explorado que ya no cabe innovación alguna, pero que sin embargo funciona como un tiro precisamente por eso: no necesitan hacer grandes innovaciones ni inventar nada, les sobra con ser Okkervill River. He ahí el interés radical que puede suscitarnos en tanto obra total, pues si bien no funciona como una obra de la que quedarse prendado por la mismidad de su perfección sí que es uno de esos maravillosos casos donde la música nos da únicamente aquello que necesitamos en el momento de su escucha: un disco sencillo, que no simple, que sabe explotar a la perfección los recovecos propios de la condición de su género; nos resulta familiar pero no conocido, es próximo pero no una copia de lo que ya conocemos demasiado bien como para que pueda sorprendernos.

El carpe diem más llano y sin aspavientos es lo que proclaman a los cuatro vientos en cada una de sus composiciones y con ello, irónicamente, también una defensa a ultranza del arte por el arte como discurso oficial del grupo. No se ocupan de los recovecos sentimentales de tercera que acontecen generalmente en esta clase de grupos sino que se limitan al aspecto más mundano y esencial de la música, ese leit motiv esencial de la música como valedora de sí misma -cosa que es de agradecer, pues sus frases directas funcionan mejor como directos hacia la mandíbula que lo que harían si fueran sutiles golpes que ni siquiera se saben golpes. No hay sitio aquí para las expectativas desmedidas, la lista de los mejores del año o, ay, los fans de cualquier clase de música progresiva, más preocupados por la masturbación musical que por encontrar un auténtico sentido estético dentro de esta; Okkervil River nos dicen rotundamente que en su música sólo hay una cosa, la búsqueda de un gozo estético profundo y sinsentido, el vivir la vida aquí y ahora como si siempre estuviera apunto de agotarse. No cabe duda de que quizás no sea esto lo que deseamos, pues nuestro deseo siempre ha de fugarse hacia expectativas más altas, pero no cabe duda de que siempre es necesario recordar que hay que vivir aquí y ahora. Con fervor.

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