Sunset Rubdown – Dragonslayer (2008)

por Álvaro Mortem

El sentimiento de profunda extrañeza es tan connatural a la escucha de ciertos grupos que, lejos de ser un impedimento para su disfrute, se convierten en el motor primordial del placer que nos suscitan. Esta clase de grupos, siempre tendentes hacia el retruecano, al arreglo estrafalario, a la patada directa a las expectativas, funcionan por la acumulación siempre precipitada hacia el límite de la saturación que propone el frágil equilibrio en el que han decidido sostener sus carreras: demasiada extrañeza acabará haciendolos inteligibles, demasiada normalidad les harán otro grupo más. Es por ello que esta clase de grupos no se sostienen más allá de algún EP, de la curiosidad momentánea fruta del hype, desvaneciéndose en la displicencia de aquel que no sabe construir esa singularidad necesaria que se ha auto-impuesto como realidad existencial. Este no es el caso de Sunset Rubdown.

Intentar describir a estos chicos canadienses hijos del indie pop más febril y dicharachero concebible por la desquiciada mente de un payaso metido de metanfetaminas debe pasar necesariamente por metáforas tan burdas y exageradas que devendrá en la reclusión producto de un lenguaje directamente imbécil. Es el problema de la diversión pura sinsentido. Es así porque de hecho es imposible describir un disco tan esquizofrénico, tan proyectado en todas direcciones con fuerza, que intentar buscar algún asidero lógico desde el cual asumirlo se vuelve más un juego de malabares que un ejercicio crítico; todo en Sunset Rubdown suena nuevo, desquiciado, alegre y perfectamente lógico dentro de una coherencia interna imposible. Cuando creemos que sabemos por donde saltarán, hacia que lado devendrán en esta ocasión, viran de forma radical en un sinsentido aun mayor que el anterior que puede pasar desde la completa eliminación de la instrumentación hasta la conclusión en cantos tiroleses: el producto del cual se concluye cada canción de éste Dragonslayer es inclasificable, un ejercicio catártico de búsqueda de una felicidad que sólo puede venir de la espontaneidad pura. ¿Quién necesita lógica cuando tiene un disco capaz de abrir extrañas puertas de la mente hacia la felicidad más abstrusa?

¿Acaso se puede hablar entonces de éste grupo? No, porque de hecho no tiene sentido. Toda delimitación, todo intento de cercarles dentro de una forma o una tendencia acaba en su necesaria huida lateral de cartoon en la que un túnel pintado sobre la roca para ellos lo es de una forma fáctica, por muchas ocasiones que nos choquemos contra él. No hay nada en ellos a lo que sea reductible, no hay un carácter común ni siquiera entre canciones, y lo único que parece permitirse como una especie de sello personal es una suerte de pegadizo tono común a todas sus canciones que sirve como sello particular del grupo. ¿Qué más queda por decir? Nada, pero es que no había nada que decir. Si aun no estás corriendo hacia tu dealer musical más cercano no pidiendo, sino exigiendo imperativamente, con fuerza y fervor apasionado, que te pongan éste disco para su escucha inmediata sin ningún intermediario ni interrupción es que aun no has entendido lo que estoy diciendo. Si aun no has entendido que estoy diciendo, creo que es mejor que se acabe aquí la crítica. Y con ello, el intento de explorar un sentido que ni está ni se le espera, porque de hecho no se le necesita.

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