Porcupine Tree – Fear Of A Blank Planet (2007)

por Xabier Cortés

Si tomamos la acepción más académica de la palabra alienación, aquella que la define como un proceso mediante el cual un individuo o un grupo transforman su conciencia hasta hacerla contradictoria con la función que cabría esperarse de ellos, y la aplicamos al siempre recurrido -y machacado- sector adolescente de la sociedad, nos encontramos ante un inmejorable caldo de cultivo en el que podemos satanizar y criminalizar sin ningún tipo de piedad ni miramiento aspectos tan a priori sencillos de su vida diaria como son los videojuegos, la tecnología y la televisión, para enterrar la incapacidad de los elementos adultos a la hora de gestionarlos como de ellos cabría esperar. ¿Doble alienación?. El peligro que subyace al realizar tamañas acusaciones dirigidas con precisión militar hacia un estrato de la sociedad tan, en principio, indefenso como es la juventud es la facilidad con la que se cae en la generalización de ese grupo social resultando injustas y carentes del rigor necesario como para emitir un jucio sano y coherente. Y es precisamente en esta generalización en donde cae, o eso parece, Steven Wilson en Fear Of The Blank Planet.

Tras el interés mostrado por Wilson por las historias de fantasmas en el álbum anterior a este, Deadwing, resulta extraño encontrar una crítica social tan cruda y visceral en Fear Of A Blank Planet y conociendo cómo se las suele gastar Steven Wilson estaremos cometiendo un error si no pusiéramos algo de nuestra parte en intentar descifrar el verdadero objetivo sobre el que centra todos sus esfuerzos compositivos Porcupine Tree. Lo que en un principio parece querer hacer un claro blanco en la alienada juventud actual, en el último momento, y justo antes de hacer diana, el disparo se desvía para hacer objetivo en las grandes corporaciones que alimentan esta caldera insaciable con estímulos audiovisuales vacíos y cacharritos con los que hacer nuestra vida mucho más fácil.

Porcupine Tree rodea este manifiesto de su demoledor rock progresivo contundente y reverberante cuyas bases se asientan -como en el 99% de los grupos de rock progresivos contemporáneos, para qué negarlo- en los principios propuestos por Pink Floyd y Rush años atrás. Pero no se quedan ahí, Porcupine Tree coge prestado también parte del sonido de los Dream Theater más frenéticos y muestran a la vez un respeto y devoción absolutos por el krautrock de Tangerine Dream, sobre todo por ese palpitante y misterioso fondo sonoro que acompaña a las canciones. Al hablar de rock -o metal- progresivo siempre tendemos a enarbolar la bandera del virtuosismo, virtuosismo que roza lo obsceno en el caso de los anteriormente citados Dream Theater y que no hace más que convertir las canciones en un continuo desfile de las habilidades técnicas de los miembros del grupo hasta conseguir desvirtuar el mensaje y convertirlo en una cacofonía carente de sentido. Porcupine Tree huye de eso. No quiere esto decir que estemos ante un disco sin esa exquisitez técnica, todo lo contrario -basta con escuchar los diecisiete minutos de Anesthetize para darse cuenta-. En Fear Of A Blank Planet el virtuosismo pasa a ser un complemento más del sonido y no se convierte en el objetivo principal del disco.

Oscuro, contundente, inspirador y progresivo, este álbum es toda una declaración de principios y un fenomenal resumen del sonido Porcupine Tree que ya se ha convertido en una marca y, cómo no, comienza a ser imitado hasta la extenuación. Imitado, nunca igualado.

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