Malice Mizer – Bara no Seidou (2000)

por Álvaro Mortem

Aunque los prejuicios nos impidan verlo de una forma razonable, aun cuando decir prejuicios es un eufemismo suave para referirse a la imbecilidad del otaku medio, la realidad es que hay en el visual kei algunos grandes trabajos que merece la pena pararse a escuchar. Podría aquí saltar con un rosario inenarrable de grupos (semi)desconocidos a través del cual explorar la singularidad propia de éste género, singularidad tan aviesa que sólo se define a través de un gusto común por la estética sobresaturada, pero sin embargo me limitaré a referenciar al que seguramente haya sido el grupo más profundamente mainstream dentro de su caterva casi infinita de flexibles degeneraciones que se plasman dentro del género contenedor japonés por excelencia: Malice Mizer.

¿Por qué recordar a Malice Mizer, grupo vilipendiado por una mayoría, punta de lanza de un mainstream gothiclolitesco tan absurdo como maravilloso? Precisamente por su capacidad para edificar un discurso estético propio tan barroco, tan profundamente saturado en todos sus ámbitos y proyecciones posibles, que parece que de hecho basa todo su estilo en esa creación indisciplinada en busca de lo sublime; todo cuanto se encuentra en Malice Mizer es excesivo, como la estética del género, creando así un sentido último de lo que debe ser el visual kei: una estética tan al límite del sentido que da una policromía de sentido al conjunto en sí mismo de sus piezas. Es por ello que aquí, ya con Klaha al frente del grupo pese al manierismo impuesto con mano de sedoso acero de Mana, lo que nos encontramos es un disco tan gótico que se permite saltarse cualquier noción del que supone ser gótico para crear una música orquestal de aires oscuros y fantasmagorías en forma de coro. Lo que fácilmente podría haber derivado hacia una paja gótica, hacia un delirio de adolescente del siglo XIX tan propio de Mana -que no nació sólo en un cuerpo equivocado, sino también en un tiempo erróneo (y a Dios gracias damos por ello)-, acaba siendo un ejercicio de estilo del cual se apropia armónicamente el impresionante Klaha.

El disco renuncia a todo el sonido metal y, sin embargo, hereda ciertos toques más cercanos del darkwave además de un espíritu marcadamente electrónico donde la batería es la única constante propia ajena tanto de la vanguardia como del clasicismo; las concesiones pop de discos anteriores, la horterada kitsch que sublima por su extraña exquisitez, aquí se ve medida de forma sistemática a algún pequeño arreglo, a un mínimo detalle, a la excepción enriquecedora, para dejar paso a un estilo que nos remite a un finalismo decimonónico perfecto. No hay nada en éste trabajo que no nos sumerja en el ambiente de una inmensa obra de teatro clásica anacrónica, como una tragedia griega ática en la cual se nos narra el destino de una mansión del XIX que lentamente se ve inundada de los males propios de los terrores góticos de esa época. He ahí el exceso (estético y dionisiaco) del cual hace gala Malice Mizer en su magnum opus como si se tratara de una medalla en el cual recrearse, como si de hecho toda su motivación fuera exclusivamente recrear ese anacronismo imposible donde lo antiquísimo se da la mano con lo inmediatamente antiguo para conformar una futuralidad a través del exceso en el cual dotar de sentido el presente. Y, por ello, al final consiguen firmar el más gótico de los discos no góticos, el más visual kei de los discos no visual kei; una obra maestra atemporal e imposible, una joya incomprendida para siempre.

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