Boris with Michio Kurihara – Rainbow (2006)

por Álvaro Mortem

En un ámbito tan personal como el de la estética, donde todo se contamina de una forma asombrosa, la inclusión de elementos exógenos en la creación musical puede producir efectos indeseables en el resultado final de cualquier obra. Esta adición dentro de la lógica normalizada de un evento artístico podríamos entenderla, además, en dos ámbitos bien diferenciados: la inclusión de un objeto agente (un músico, un instrumento) o la inclusión de un objeto paciente (un género). Pero cuando la contaminación de un estilo original se produce por la inclusión tanto de nuevos objetos agentes como pacientes, produciendo un caldo de cultivo patógeno perfecto para la contaminación irreversible, entonces podemos tener claro que más vale que tenga muy claro el artista devenido en científico metáfora mediante que es lo que pretende conseguir como resultado de su experimento. Pero si hablamos de Boris, es obvio que el resultado sólo ha podido ser positivo.

El objeto agente exógeno que añaden Boris a su receta triunfal de stoner rock es el virtuoso de la guitarra Michio Kurihara el cual, además de validado por su militancia sin mácula en en los polimorfos Ghost, sería además catalizador del otro agente exógeno esta vez paciente: el rock psychodélico. Aunque en éste Rainbow podemos encontrar las formas normalizadas del stoner más combativo del grupo, sólo que esta vez más tamizado y tendente hacia su mesura, todo el disco se sostiene de forma firme pero suave bajo los sedosos rasgados de guitarra que realiza Kurihara, buscando siempre una fluidez asombrosa más cerca del surco dejado por una rebelde gota de agua que de un estallido digno de una ingesta masiva de peyote; la combinación es una radical mirada que pasa por el gesto zen mínimo, casi inapreciable, para hacer suyo que todo cambie para que todo siga igual. La fuerza ciclónica brutal del grupo, sus impactantes baladas de diez minutos basadas en la pura furia desértica aquí se ven contrastadas por la delicadeza del gesto mínimo que nos muestra la otra cara de algo que nos resulta completamente familiar en su propia actitud ajena: a pesar de no ser tan brutal como sus otros discos, es puro Boris.

La inclusión de un objeto exógeno en la ecuación lejos de convertir el producto base en otra cosa ha producido una extraña reacción musical en el cual la suma de una base con un ácido no ha conformado una explosión sino una forma más refinada y pura de la propia base inicial; esa es la idiosincrasia de Boris, explorar la pureza de su sonido a través del cambio perpetuo. Con la inclusión de unas melodías que redundan sobre un espacio hasta entonces entonces cercado en su sonido lo que consiguen es profundizar en un sentido que no habíamos podido ver hasta ahora en otros trabajos anteriores suyos, más centrados en sentar las bases de que es la marca Boris en sí misma. Pero estamos hablando de un grupo que ya en Akuma no Uta tomarían como paradigma, tanto gráfico de portada como musical, el Bryter Layter de Nick Drake para componer una oda redundante entre el hard rock y el sludge: cualquier intento de pretender que ellos están más acá del sentido del hombre, y ya no sólo por japoneses, es un insulto inaceptable; están más allá del bien y del mal. Boris juegan a ser Dios y salen ganando en cada apuesta que hacen, por eso Rainbow es como un arcoíris en la mañana, como una gota de rocío en la mejilla de la persona amada, belleza más allá del sentido.

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