Colour of Fire – Pearl Necklace (2004)

por Álvaro Mortem

¿Cuando fue el momento exacto en el que la juventud dejaron de ver sus futuros como eminentes estrellas del rock, lánguidas figuras de fuerza arrolladora que arrasan con todo a su paso, para convertir su deseo primordial en el de ser un imbécil con gafas desproporcionadas para su propio rostro experto en nada pero con rimbombantes nombres pseudo-profesionales? En un mundo donde las aspiraciones de estrella del rock han muerto, donde la última, Dave Grohl, sobrevive con el furor extático que supone su mismidad, la única posibilidad de encontrar ese genuino sentimiento de experimentación y ansias de pegar una sonora bofetada en la cara de la corrección social sólo se encuentra en la música en un pasado que parece imposible que retorne hacia nuestro tiempo. El diseñador gráfico mato a la estrella del rock.

Por estas mismas coordenadas de reactividad de la lucha en la que se sostiene la juventud, esa necesidad más de aparentar cierta forma —que aun con todo siempre se encuentra vaciada de toda auténtica furia— que de sostener una forma estética auténtica, podríamos entender que Colour of Fire no sean precisamente un adalid de la modernidad actual. Aun cuando deberían serlo. Su indie rock, a falta de una etiqueta mejor con el que definirlos, modelado entre la parsimonia pop más accesible y el estallido virulento que desfigura cualquier convención anterior de que debe ser un grupo mal entendido como indie, se nos muestra como una exploración tan profunda como sistemática de los principios regidores de eso que llamamos rock en su sentido más puro. Para ello no dudan en momento alguno de apropiarse, según en cada caso sea conveniente, los principios regidores de cualquier género; guturales blackers, bajos funkies, rabia punkie y un perfeccionismo aledaño, pero no propiamente, a cierto gusto progresivo conforman un todo tan dispar como coherente en su forma. Y es que, a pesar de que pueda parecer lo contrario por su popurrí de sonidos, todo se mantiene dentro de las más estrictas coherencias del sonido: ¿a que suena Colour of Fire? A Colour of Fire.

Ahora bien, si se conformaran con hacer un sonido auténticamente combativo sólo tendrían la mitad de lo que esperamos de una auténtica banda de rock. La necesidad de un discurso crítico y brutal, iconoclasta en su forma y en su contenido, es algo tan necesario para conformarse como portador del auténtico espíritu del rock como puede serlo de hecho la actitud misma necesaria a mostrar; el rock no es sólo un estilo de música, es un modo de concebir toda forma de la existencia. Es por ello que brutalidades como su A Pearl Necklace for her Majesty, en el que sugieren correrse en el cuello de una indeterminada reina, o The Exile, donde exponen de forma preclara el control mediático que la sociedad imprime en los individuos, nos muestran ese savoir faire que esperamos de un grupo combativo y rabioso que no duda en momento alguno en ponerse las máscaras para arrebatarnos la certeza de la facilidad y vistosidad de un mundo que se derrumba, y debería derrumbarse, a cada momento. Ellos no son dj’s, ni diseñadores gráficos, ni fotógrafos, ni cualquier otra cosa que la masa decida desprestigiar pretendiendo que cualquiera puede hacerlo —y no, cualquiera no puede—, ellos son el auténtico germen de la combativa actitud del rock en su estado más puro.

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