Covenant – Northern Light (2002)

por Álvaro Mortem

Los clásicos, al menos cuando pertenecen a una lógica más subterránea o particular que eminentemente mainstream en tanto la existencia de motivos espurios para su ensalzamiento son pulidos por la propia lógica de su ausencia de rentabilización económica inmediata, lo son por una capacidad innata no tanto por ser intemporales como por producirse atemporales; un buen trabajo que pueda considerarse clásico lo es en tanto el grupo es capaz de construir un sonido que no se agota, sino que siempre se encuentra nuevas formas a descifrar en su código que le hacen eminentemente nuevo en su construcción. Pero si es así es porque los clásicos, ya digamos Covenant o cualquier otro grupo con esa consideración, escapan de cualquier lógica mercantilista inmediata a través de la cual satisfacer un gusto determinado en el tiempo que es necesariamente caduco: el auténtico virtuoso del arte, de la música, de la vida, es aquel que se dirige hacia una comunidad que aun no existe pero siempre está en proceso de llegar a existir; el artista es y debe ser un visionario en el vacío.

Si Covenant se ajustan a esta lógica no es sólo por el contenido ya marcadamente utópico de Northern Light, en ocasiones más ocupados de establecer certeras metáforas político-sociales que en pulir algunos pequeños detalles que no terminan de cuajar en su EBM de tintes más pop, sino porque su forma acompaña esa utopía en sí misma. El sonido oscilante entre las melodías de marcado carácter pop, accesible para un público general que pueda interesarse por un género cuyo principio regidor no es tanto la oscuridad —aunque lo sea de facto— como una música que sea auténticamente bailable por cualquiera. He ahí la democratización del contenido no sólo a través de un mensaje utópico o un sonido más flexible dentro de los códigos de un género que, por otra parte, siempre ha sido el menos hermético de los suyos —a diferencia del industrial, el cual sería la antítesis formal, pero no teórica, del EBM—, construyendo en éste trabajo de los suecos un especial énfasis en la actividad catártica del baile a través del cual transmitir su discurso reaccionario en la materialidad misma de la acción provocada en su seno.

Se erigen entonces en el baile como paradigma último del sentimiento musical, Call the Ships to Port como himno del abandono extático de toda racionalidad en favor de un movimiento caótico del cuerpo que atraerá la destrucción de los puertos comerciales —y por extensión de la lógica colonialista, la sociedad represiva. No hay lógica, no hay necesidad de escuchar lo que dicen para comprender esto, su sentido se encuentra en la dinámica de los cuerpos en la pista de baile restallando sobre un suelo pavimentado con la intencionalidad de una música más allá de cualquier convención social establecida. La reducción de la apreciación musical al baile, al movimiento, a la catarsis, es lo que hace de éste un clásico: no es artesanía, no busca el perfeccionamiento absoluto en la técnica, sino arte.

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