Death Grips – The Money Store (2012)

por Álvaro Mortem

Si el rap consiguió eclosionar de una forma brutal en los 90’s más allá de su presencia en los guettos, más allá de los estratos más castigados de la pesadilla americana que suponía entonces ser de un color divergente al que se suponía favorecido por el ente imaginario hegemónico, fue precisamente por su capacidad de canalizar de forma efectiva el descontento general de una juventud sin futuro —aquí sí, independientemente de su color— que estaba demasiado cabreada como para seguir ignorando que sus mayores habían decidido asumir una lógica ilustrada para ellos: todo para la juventud, pero sin la juventud. El gran triunfo del rap en los 00’s sería, sin embargo, sería desde la oposición de remitir su importancia para el blanco ilustrado: el paso de las calles, del descontento social, hacia las aulas de la universidad con la intelectualización poética del discurso —aunque no podemos decir que esto último fuera una forma de venderse en tanto, en término último, el culpable de ambos eventos son el mismo: Wu Tang-Clan. A partir de aquí la polarización del género ha sido absoluta, dando la impresión siempre de que o estás en la intelectualidad o estás en la lucha social, sin posibilidad de término medio.

Ahora bien, Death Grips es un grupo de rap —adiós podemos decir al solitario hombre orquesta que parecía definitorio del género en sí— concebido por una mente maestra blanca sostenida bajo la ejecución de una mole negra de aspecto hiper-violento que rapea como si nos estuviera escupiendo a la cara el más radical discurso de los panteras negras que se le pudiera ocurrir a Malcolm X después de un par de copas y algún blanco imbécil de más sobre bases de electrónica experimental. Es por ello que escapan de esa antigua oposición de intelectuales vs. hijos del guetto, de acomodados conneseurs de las formas literarias contra auténticos conocedores de la mierda del mundo, para situarse como la síntesis perfecta de estas dos formas a través del rap experimental más salvaje que puedan soportar un par de oídos humanos. A través de unas rimas bestiales, una querencia absoluta por el glitch y ciertos tintes de breakbeat en la ruptura de ritmos, tanto musicales como vocales, consiguen definir un sonido personal que nos remite a esos primeros Wu Tang que despertaron el interés del público por unos mensajes incendiarios que iban, a su vez, acompañados de incendiarias formas musicales; la forma baila con el contenido como el guerrillero urbano baila ideológicamente con los coches de lujo ardiendo en la calle. Ese ir más allá, ese ser lo que predican, es lo que hace de Death Grips un grupo auténtico, más allá de toda definición.

¿Pero no teníamos ya aquí gente como Tyler the Creator que habían conseguido llevar la violencia, el hardcore y la displicencia hasta el conspicuo discurso posmoderno, entendiendo por posmoderno la impostura demodé de estar por encima de aquello mismo que se hace, de nuestro tiempo? Por supuesto, pero es que Death Grips es otra cosa completamente diferente. Donde el buen Tyler se dedica a epatar a hipsters sin mayor criterio que el ver algo radical en él negro enmascarado, lo que buscan Death Grips es una auténtica subversión del sonido; donde sobre uno prima la pose, el fingirse heredero de un estilo que se la trae al pairo —y así lo demuestra en sus desplantes y su uso indiscriminado de impersonators—, Death Grips es el monstruo que te revienta la cara a hostias antes de susurrarte al oído que te ama: quizás pueda resultarte desagradable, pero es innegable que esa esquizofrenia nace de un genuino amor por lo que hace.

No hay nada en Death Grips que no resulte directo, oscuro, auténtico, como un puñetazo directo a la boca del estomago llevado con la precisión justa como para que el vomito te ahogue en una lluvia de pringosa constatación de lo real. Percusiones tribales se entremezclan con guitarras eléctricas mientras las formas de electrónica experimental se conjugan con arreglos dignos del pop más chick del momento con la naturalidad propia de aquel que sabe que puede hacer lo que quiere, porque en su ADN está codificado su personalidad de forma tan profunda que cualquier cosa que haga acabará necesariamente en un éxtasis caótico digno de ser escuchado con atención. Porque si sus letras se acercan peligrosamente a lo que podríamos escuchar en cualquier (buen) recital de poesía contemporánea, su música es todo aquello que podría ser atracción primera tanto en el Sonar como en el Primavera Sound — todo cuanto hay en acto y potencia de este The Money Store es la declaración constante de una comprensión perfecta del futuro del rap, de una nueva vanguardia mainstream que ha sabido que el futuro es eliminar la ironía posmoderna para abrazar la fusión profunda y próxima de las diferentes formas artísticas del presente.

2 comentarios to “Death Grips – The Money Store (2012)”

  1. Una reseña fantástica; será porque estoy de acuerdo con lo expuesto.

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