Yoga – Skinwalker (2012)

por Xabier Cortés

En esa inevitable búsqueda de las respuestas a las cuestiones esenciales que todo ser humano debe hacer -y hacerse- al menos una vez a lo largo de su existencia, la Respuesta no suele encontrarse en una cristalina y virginal laguna. En la mayoría de las ocasiones, para encontrar la Respuesta nos tocará bregar con lo más retorcido y agónico de nuestra alma. Luchar contra fantasmas, derrotar gigantes y mancharnos las manos con la sangre -metafórica, que luego todo se malinterpreta- de aquellos que se interponen en nuestro camino. Una vez nos encontramos en lo más profundo; agotados, sedientos de conocimiento y heridos por las innumerables batallas, encontramos esa respuesta que tantos sacrificios nos ha costado alcanzar. Ahí está, pura, tras una mugrienta capa de demencia y podredumbre, nuestro objetivo, nuestra misión. Yoga se erige en el perfecto y leal -aunque esquizofrénico- wingman en esta agotadora batalla por el Saber, mostrándonos el sinuoso camino a seguir para hallar nuestra Respuesta.

Imagínate a Fenriz encerrado en un tenebroso y húmedo sótano con una cantidad obscena de LSD y acompañado del Stratosfear de Tangerine Dream sonando ad infinitum en algún cochambroso giradiscos. Así es el sonido del último trabajo de este dúo usamericano formado por Vatten Hast y Eld Anka. Recuperar el sonido sucio del proto black metal de finales de los ochenta y llevarlo a la infradimensión de baja fidelidad del más profundo de los círculos infernales que describió Dante. Este lo-fi manifiestamente pretendido no es, desde luego, una casualidad. No, aun tratándose de black metal en su más primigenia forma y fondo, Yoga han querido ir más allá de las guitarras y las baterías antiaéreas para centrar sus esfuerzos en desarrollar una atmósfera enfermiza e inquietante a lo largo de todo este Skinwalker. Para esto, se hace indispensable el sonido lejano, sucio y anárquico cuya fórmula han sabido encontrar, asimilar, y proyectar. Penumbra y soledad, reflexión y autodestrucción nos acompañan en las profundas zanjas que, a modo de fosas comunes en la que enterrar y cubrir de cal viva nuestros miedos y deseos, van mermando nuestra ilusión a medida que nos adentramos más y más en el sonido de este trabajo. Son muchos los álbumes que tratan -y muchos más, la mayoría, los que fracasan estrepitosamente- en materializar esta falta de esperanza y esta pérdida de cordura; Yoga lo consigue desde el primer momento, desde la misma introducción; en donde una voz á la Caronte avisando a los condenados nada más adentrarse en las aguas del río Aqueronte nos garantiza un frenético descenso a los infiernos del que no habrá -ni queremos que exista- escapatoria.

¿Es un disco de black metal? Sí ¿Se pueden percibir unas lejanas sintonías kraut? También ¿Se trata de un disco de dark ambient? Exacto ¿Hay un persistente misticismo lisérgico en cada una de las canciones que componen este álbum? Por supuesto. Skinwalker de Yoga es la insalubre y venenosa Verdad mostrada ante nosotros de la forma más cruda y brutal posible, es nuestro perfecto compañero de viaje hacia un desconocido infierno al que pocos han llegado y del que muchos menos han regresado. No hay garantías de supervivencia, los caminos a atravesar resultan peligrosos y sin duda se encontrarán repletos de trampas con el único objetivo de hacernos mostrar la bandera blanca de la rendición. ¿Merece la pena aceptar el reto que nos presenta Yoga? Sí, por supuesto.

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