Waylayers – Weightless (2011)

por Álvaro Mortem

Si existe hoy un sello que dignifique de forma adecuada el indie rock —uno y prácticamente sólo él, además, si nos atenemos al erial pseudo-hipsters que atenaza la realidad presente de un género cuya gloria siempre debió ser subterránea— ese sería el francés Kitsuné. Con sus recopilatorios, siempre a la vanguardia de las mejores pistas de baile, funcionan como una máquina de guerra que consigue aunar la búsqueda de tendencias con los sonidos más rabiosamente juveniles en un discurso estético válido más allá de su (hipotética novedad en sí; son conscientes de que no aportan nada sustancialmente nuevo, pero todo lo que se circunscribe dentro de su sello rebosa siempre lo superlativo en su calidad. Es por eso que nos interesa de una forma incómoda Waylayers porque, aun reconociendo en ellos el modernismo cool que está matando al estilo, nos resulta imposible negarles los méritos propios de una juventud bien entendida.

Otros críticos no tan amigos de usar los oídos como para algo más allá de justificar el hecho de que son capaces de de facto de oír la música, que no por ello de apreciarla en su sentido último, afirmarán que Waylayers son la respuesta moderna a los siempre abyectos Coldplay; se equivocarían miserablemente. ¿Por qué? Porque esto no sólo es mentira sino que es, además, claramente falso — mentira porque nos engañan, falso porque no es cierto; no hay peor prejuicio que el de aquel que intenta imponer su visión capciosa como verdad desde la ignorancia de su falsedad. Donde Coldplay practican un pop facilón, sin espíritu ni pasión más allá de los usufructos de la ñoñería entre los sosos más radicales, los Waylayers se lanzan como desquiciados berserkers hacia las pistas de bailes con el más fantasmagórico de los encantos, la más brutal de las pasiones. Ya desde su potente comienzo con Sinking In, en la cual nos conceden una progresión clásica pero perfecta que asume los mejores tics del baroque pop, nos encontramos un grupo maduro y con ganas de devolvernos hacia un estilo de hacer pop que hoy ya se había perdido. Mezclando electrónica con instrumentación eléctrica y clásica, no hacen ascos a nada: abren su vanguardia hacia el más puro clasicismo contemporáneo.

Canciones ágiles, con sentimiento, siempre atravesadas por un manejo instrumental desconocido entre la mayoría de sus pares (occidentales) y un estilo fantasmagórico, hoy ya de moda, pegando a cada instante en sus devenires de los tiempos pasados de nuestro tiempo. Hijos de los 80’s y, a la vez, totalmente 10’s, se sitúan como una propuesta tan desconcertante como brillante dentro de la mediocridad imperante dentro de su propio estilo. ¿Tienen acaso alguna pega? La única pega que se les puede ver es si realmente el público estará preparado para un pop pegadizo de qualité más allá de basuras irónicas, ruidos prefabricados o el completo desconocimiento del uso del whobble bass originando género. Después de una década de dominio de Coldplay, U2, Bloc Party e Interpol con intentos tímidos y no del todo conseguido de traer el post-punk al presente de un modo cada vez más diluido y deleznable, parece imposible que triunfe algo auténtico, con alma. Waylayers no es en ningún caso el gran grupo que nos salvará del terror y el tedio que suponen la escena indie actual, como si de hecho alguna vez hubiera sido algo diferente a eso, pero sin lugar a dudas nos aportarán ese punto de interés que nos permitirá aguantar un día más con algo de fe en el género. Un día nada más.

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