Dragons – VS Pylon King (2008)

por Álvaro Mortem

En tanto nuestro tiempo es lo más parecido a una casa encantada que ha existido nunca, debido a la constante proliferación de músicos y artistas que deciden no ya inspirarse en el incorrupto pasado tanto como directamente quedarse a vivir en éste, no debería extrañarnos que explorar las habitaciones de su futurabilidad sea siempre un ejercicio de decoración ocultista: para pensar que es lo que puede venir en un futuro en la música no pensamos en posibles vanguardias, sino en cuales serán sus nuevos revivals. Quizás sea por ello que, cuando nos enfrentamos contra algo que, si no radicalmente nuevo, al menos sí es diferente a las propuestas más inmediatas concebibles, nos resulta completamente ajeno de nuestra concepción de la música en tanto ya no concebimos sitio para la experimentación en ella. No es sólo que adoremos a dioses muertos, es que además nos resulta extraño cuando se nos aparece uno aun vivo.

La novedad no viene a coalición de Dragons, el interesante grupo de post-punk inglés que se queda in media res a la hora de configurar una vuelta genuina hacia la new wave sin perder un sonido netamente contemporáneo, aun cuando de hecho si superan ampliamente el tedio en el cual se sumió el género con su revival, sino de lo que estos hacen a través de un tercero. VS Pylon King, como su propio nombre indica, es un trabajo en el cual los oriundos de Bristol se dejan arrastrar por lo que el adalid de esa electrónica comedida, desposeído a su vez de un lugar claro en el panorama actual musical, que es Pylon King decide hacer con sus canciones. Todo lo que en Here are the roses eran intentonas, visiones, destellos, que en ningún caso llegaban al puerto originario donde se suscitará un auténtico cambio paradigmático en la forma —aun cuando, de hecho, éstos así parecían pretenderlo— Pylon King lo va convirtiendo con un trabajo metódico en un totum revolutum con una personalidad infinitamente más definida que el trabajo original, pero sin llegar nunca a una auténtica actividad rupturista en sus propuestas; la purga electrónica inducida por la diferente profusión de capas abre una tímida nueva brecha sobre el qué y el cómo del post-punk.

Pero, y debo insistir en ello en tanto sería el punto regidor por el cual entender por qué es un fracaso brillante pero fracaso, no deja de ser nunca un espíritu de lo que fue (el post-punk) pretendiendo poseer una forma electrónica que tan apenas sí ponga en cuestión sus principios esenciales. Cualquier forma radical de cuestionamiento, cualquier puñetazo sobre la mesa que haga evolucionar el género en alguna dirección, y ya no digamos la posibilidad de quebrarlo de forma absoluta, se ve completamente desvanecida por el tacto y el mimo con el que es tratado el ejercicio original: no hay síntesis de la forma, no hay una relación dialéctica inter-géneros; hay sólo un buen ejercicio de experimentación mínima: es un fracaso. Ahora bien, como ya diría en su día Samuel Beckett: Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor. La puerta de la experimentación está abierta aunque no haya revolucionado el género, aunque sólo exista la posibilidad de que partiendo de ese principio haya una auténtica revolución del género, pues toda revolución necesita de un principio que nunca puede ser mirar constantemente a los espectros de su propio pasado.

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