Swan Lake – Enemy Mine (2009)

por Álvaro Mortem

En el ámbito artístico-cultural no es sólo que la originalidad esté profundamente sobrevalorada, que de hecho lo está, sino que es un constructo que también ha servido para ocultar la acuciante innecesidad de una innovación auténtica: lo que la gente llama originalidad, o ausencia de esta, tiene que ver más con lo que suena que con lo que deja de sonar; la originalidad en la música se define por las notas que no se tocan. Aunque esto pueda parecer un lugar común del gafapastismo más insufrible, como si de hecho de repente me hubiera convertido en la forma más odiosa de Lisa Simpson, no lo es en absoluto en tanto sí define la realidad presente de que la música es también todo aquello que se decide dejar fuera. Lo original no es crear algo nuevo de cero, lo cual no sólo es imposible sino que sería profundamente idiota, tanto como aprender a dejar fuera otras cosas.

En el caso de Swan Lake es evidente el proceso por el cual se construye su sonido, muy apegado a ciertas formas del rock de los 80’s-90’s de la linea que transita de forma irreverente entre Nick Cave y David Bowie, pero sin llegar a circunscribirse nunca en el estilo de ninguno de estos. Aunque de hecho no es nada difícil saber donde están esas influencias, pues son tan evidentes que en ocasiones pueden llegar a confundirse algunas canciones con ígnotas caras B de algunos de los artistas de los cuales parten —lo cual me aconteció cuando saltó en el reproductor Warlock Psychologist, la cual asocié más con Grinderman que con un grupo de indie rock al uso— pero sin llegar nunca a hacerse patente como algo que podrían haber hecho ellos per sé —pues precisamente, cuando llegan a la fuga de los dos últimos minutos tuve claro que eso no podía ser, en ningún caso, Grinderman. Aunque uno puede imaginar como suenan haciendo la simple ecuación de David Bowie+Nick Cave+indie rock=Swan Lake la realidad es que sólo haríamos una aproximación tímida y falsada: en esa ecuación faltaría la sustracción que suponen ciertas formas específicas que les son arrebatadas a algunos de sus elementos constituyentes.

Las constantes fugas psicogénicas de la música, que parecen ser la marca de la casa, son el ejemplo práctico de ese no sonar que define la música. Son fugas de manual con un fuerte acento pop, marcando un estilo particular, pero que finalmente acaban siendo la firma de todo cuanto acontece en la canción —y, en último término, es todo lo que esperamos de las mismas como acontecimiento. Lo que no suena es la calma subyacente que se esperaba a partir de su desarrollo, lo que está ausente es el desarrollo lógico que de repente se rompe para iniciar una fuga sin sentido —que no necesariamente a de darse en un in crescendo melódico, a veces ocurre en la ruptura de la musicalidad imperante a través de una segunda voz o una segunda linea melódica— que sin embargo se nos muestra como fin último de todo lo acontecido. Esa es la auténtica originalidad no sólo de Swan Lake, sino de cualquier clase de grupo. La ausencia, las notas que no suenan, son aquellas que se han purgado para que pase de ser algo estructuralmente ordenado y perfecto hasta acabar en una forma coherente pero caótica; lo que no se llega a tocar es, precisamente, los andamios que saben sobrantes en la ecuación que intentan resolver. Nada hay más allá de ese no tocar, porque lo que no se toca es lo que delimita lo que sí se toca.

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