Front Line Assembly – Improvised Electronic Device (2010)

por Álvaro Mortem

El industrial es quizás uno de los géneros más dispares y amorfos en cuanto su categorización, pero también lo es con respecto a su historia: discernir el que es industrial se hace más por intuición que por evidencias sonoras. ¿Qué debe ser el industrial para ser así denominado? En teoría esté requerirá, en sus formas más contemporáneas —cuando no directamente diluidas para el iniciado, siempre deseoso de defenestrar todo cambio—, hibridar los aspectos más desaforados del rock con las técnicas más oscuras, que no necesariamente brutales, de la electrónica; se le exige, en tanto tendencia comunal, ser una amalgama de sonora ultraviolencia más oscura que el alma de un político. Esto, como no podía ser de otro modo, se pasa por alto muy a menudo. Así el industrial es más una actitud, una forma de hacer electrónica, basada en una desesperanza violenta hipertrofiada por su mismidad que es llevada hasta una conformación maquinista, puramente obrera —y, por tanto, netamente industrial—, de la música. Y en ese sentido Front Line Assembly no sólo es que sean industrial, es que nunca antes han sido tan industriales como en Improvised Electronic Device.

Su sonido, esta vez más esencialmente alejado de los caminos más amables sostenidos en ciertas formas de EBM, se distraen en la forma más pura de combinación del combo de instrumentación rock a través de un particular énfasis en su faceta más electrónica que, irónicamente, queda sepultada precisamente en favor de aparecer in absentia; las guitarras abrasivas, la batería contundente y metalizada, el bajo casi como una martilleante bujía espectral son la fiesta ambulante de obreros destrozando el capital a través de improvisados artefactos electrónicos. ¿Donde queda pues lo netamente electrónico, aquello que debería personificar de un modo más profundo todo cuanto hagan Front Line Asembly como dignos herederos de la escena original, únicos supervivientes en un estado digno de su sonido? En sus sonidos del sintetizador, bosquejos oscuros de otra cosa, gemidos oscuros del fantasmagórico ambiente que define toda la obra en sí misma. Sin apenas atisvos de concesiones a la pista de baile se arrojan con fruición al concepto mismo de lo industrial, que no del industrial, situándonos en la fábrica abandonada donde los fantasmas de los obreros muertos aun trabajan incansables durante toda su eternidad; la revolución que precognizan y presentan no es presente, porque toda lucha obrera parece haber sido siempre de otro tiempo; como el industrial, el sentimiento industrial parece algo ya obsoleto en nuestro presente.

Entre la fantasmagoría ambiental nos persiguen los sonidos de las maquinas machacando, destruyendo y conformando, sonidos que nos rítmicamente familiares en su actitud inefable. Incluso el giro final de todo el ruidismo salvaje hacia esa suerte de balada post-industrial que es Downfall, como si se tratara del Requiem por la maquinaria muerta en vida que supone el obrero, mimetiza las formas de su contexto: estamos ante un cuento de fantasmas narrado con la misma maquinaria con la que fetichizaron el mundo, con la voz distorsionada de una radio de frecuencia corta. Y he ahí el gran triunfo de Front Line Assembly, el conseguir hacer la primera gran oda post-industrial al obrero muerto, o despedido, incluso antes de que éste se supiera ya de facto como tal una vez el capitalismo se mostrara, como ha hecho hoy, ya completamente agotado.

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