Still Life – From Angry Heads With Skyward Eyes (1993)

por Álvaro Mortem

Si existe una convención absolutamente insidiosa que se desmiente cuando se tiene un cierto conocimiento del ámbito musical es que para expresar ciertos niveles de rabia, para expresar una cantidad razonable de bilis, necesariamente se ha de desarrollar un discurso estético marcadamente violento. Aunque de hecho desarrollar un ritmo fuerte, unas guitarras afiladas y una batería huracanada pueden ser útiles a la hora de desarrollar ese sonido violento que tanto nos gusta, no deja de ser cierto que se pueden conseguir resultados igual o más fuertes con una cierta contracción metódica de los impulsos; no hace falta que la música sea violenta para que suene violenta, a veces sólo es necesario saber ejecutarla de una manera tan punteadamente exacta que consigue hacer clic en algún lugar ignoto de nuestro reptilideo cerebelo. No todos los grupos necesitan, ni quieren, ser Marduk para dar a entender una furia encendida estallando de forma constante en nuestros altavoces.

Lo comedido, de una técnica envidiable, con una contención cuasi sobrenatural puede resultar extremadamente violento y perturbador, precisamente, por aquello que desarrolla de poético la música cuando se ajusta a estos términos; tal es el caso de Still Life. Las pausas dramáticas desarrolladas como calma de una tormenta en suspenso, los usos virtuosos de la guitarra que jamás llegan al exceso de hacerse pesados y, en general, un perfecto equilibrio que puentea una oscuridad y una rabia primordial que está siempre en suspenso son, precisamente, los principios a través de los cuales sostienen ese discurso poético-musical con el cual expresar esa violencia innata en su música. Porque no hay gritos, porque no hay expresión de la rabia —o, para ser exactos, lo hay pero está dulcificado con respecto de nuestras expectativas primeras. La ausencia de la descarga de la violencia en fuertes contracciones de rabia, lo cual, de ocurrir, sería propio de esa herencia más puramente hardcore que se les intuye más que oye la mayor parte del tiempo, producen que esta se diluya como una constante que sabemos que está ahí pero que nunca aparece, que la sentimos pero sabemos que aun no ha llegado. Por eso el disco resulta absolutamente inquietante, porque no es sólo violento sino que, además, es también melancólico por saturación: todo cuanto hay de comedido en ello es, precisamente, por lo cual lo reconocemos en su violencia.

Ahora bien, toda esa violencia contenida como parte del discurso es lo que hace del disco algo no sólo excepcional, sino absolutamente bello. Como una flor que sólo florece allá donde nadie quiere ir, el disco es la rosa que crece entre los amargones del odio y la rabia que se cultivan como frutos de verano para esperar un atroz invierno que nunca pasará; su desarrollo es bello por contraposición a las expectativas de lo que esperamos que debe ser, haciendo así que no sólo sea bello sino que sea lo más bello que podíamos concebir que saliera de ese abismo. Su singularidad es lo que define su belleza. Los constantes ritornellos de espíritu marcadamente pop y un bajo pesado, ominoso, pero que termina por resultar la puntilla virtuosa a un conjunto que aboga por un desquiciamiento discreto en todos sus ámbitos, nos conducen en direcciones extrañas a través de las cuales acabamos explorando esa belleza que sólo se da en la contraposición de sinsentidos: esos ojos celestes en cabezas furiosas. Todo cuanto acontece dentro de este disco es ese conflicto quintaesencial, ese contrasentido desarrollado de forma constante en un ambiente pútrido en el cual crecen las más bellas formas de los sentimientos. El gran logro de Still Life no es ser los pioneros de la segunda ola emo, sino el haber conseguido transitar el auténtico camino de esa afección oscura cargada de un vitalismo impropio; sino el haber puesto todo su amor en mitad de las sombras del más oscuro bosque.

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