Sébastien Tellier – Sexuality (2008)

por Álvaro Mortem

Sébastien Tellier - Sexuality (2008)Aunque ni en las matemáticas ni en la lógica sería así, todos sabemos en en el lenguaje natural no es lo mismo un ecléctico francés que un francés ecléctico: el ecléctico francés es aquel que es raro, diferente, por su condición de francés; el francés ecléctico es aquel que su rareza parte más allá del ser francés, es más raro que el común de los franceses. Decir que un francés cultiva de forma particular la extrañeza incluso entre sus congéneres es apuntar muy alto hablando de la patria donde el Marqués de Sade no sólo encontró una tradición desde la cual partir su divina perversión, sino que encontraría interlocutores capaces que han continuado su pensamiento hasta el día de hoy. Sólo partiendo de este eclecticismo pero, también, de la linea que pasa de Sade hasta algún pensador aun indeterminado de nuestro presente-futuro, podemos entender la grandiosidad de Sexuality.

Sébastien Tellier se arrojo a los caminos de la experimentación formal entendida en su sentido más amable, porque experimentar no necesariamente tiene que ver con la imposibilidad de ser escuchado por cualquier persona que tenga aprecio por su salud mental, al reforzar su peculiar síntesis oscura entre el pop de raíces 80’s, casi rozando el synthpop, y los devenires electrónicos que en esta ocasión vienen de la mano de la producción de Guy-Manuel de Homem-Christo, la mitad más inquieta y menos house de los también eclécticos Daft Punk. Ahora bien, no nos dejemos llevar por los prejuicios, pues aunque la electrónica venga de la mano de uno de los más insignes revolucionarios del género eso no significa que arrastre tras de sí a Tellier en sus interés sino, muy al contrario, es éste el que obliga a su contrapartida pseudo-cibernética a adaptarse a su experimentación: Tellier retuerce el discurso del pop, lo estrangula y hace suyo, le hace el amor, defeca en su boca y le arranca un ojo que se mete por el culo mientras Homem-Christo asiste como ayudante del proceso señalando partes exquisitas aun invioladas; aunque se nota la mano en la producción está siempre está supeditada a la amorosa danza del músico, a su retozar obsceno entre las ruinas de un pop que ha dejado de ser popular para comenzar a ser intelectual, sadiano.

Sexuality se cimienta de forma sólida sobre los bamboleantes movimientos de cadera de un pop electrónico vivaz y divertido, con fuertes influencias de la música negra —incluso, si se me permite, un cierto toque Motown mínimo pero presente—, pero que de forma constante oculta tras de sí un espíritu oscuro que sirve de motor profundo de toda composición; el disco funciona por lo que calla, lo que insinúa, lo que deja ver a retazos en la distancia: es una sexualidad libre, no libertina y descerebrada, sino metódica y consciente de sus límites. Lúbrica sólo en tanto amorosa, sádica sólo en tanto ese es el motor de todo romance auténtico, Tellier le hace el amor a la vida en un disco donde expresa de su sexualidad comienza y acaba en toda forma de la existencia, tanto en lo que compone como en lo que dice en ese componer. Por eso el disco no podía acabar de otra manera que con una sonata romántica que nos interpela, que nos pone en relación con esa sexualidad extrema abierta, literalmente, a todo —pero no por ello adopta todo, pues es consciente de sólo aceptar lo más conveniente para sí misma. ¿Cómo nos interpela? De este modo: también me gusta el amor y la violencia. Dime, ¿qué es lo que piensas?

Sólo en ese amor violento, en esa sexualidad amorosa, en esa violencia sexual, en ese sexo repleto de amor y violencia visible de repente a través de una pieza exquisita de ultra-violencia emocional, es posible entender el nudo existencial que nos propone Sébastien Tellier en Sexuality. Todo cuanto contiene es la milimétricamente decadente cadencia con la cual nos dirigimos hacia una pregunta incómoda que nos interpela de forma directa y brutal, precisamente, en tanto su oscuridad reside en hacer brillante lo doloroso; la sexualidad no deja de ser amor y violencia, como la música no deja de ser amor (por lo que vino antes, por la música de los 80’s que le influenció) y violencia (un romper de forma constante con esa misma música que le influenció). Por eso él es un francés ecléctico y no meramente un ecléctico francés, porque no sólo entiende a Sade sino que lo lleva más allá y lo aplica para su vida, su existencia, su música.

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