Harbie Hancock – Crossings (1972)

por Álvaro Mortem

Harbie Hancock - Crossings (1972)

El problema de ser pionero es que, en el encontrar algo que podría ser radicalmente nuevo, se lleva implícito la incapacidad de hacerlo entender a los demás en primera instancia su valor; aquel que suscita los orígenes de algo que no se ha visto nunca antes, aquel que crea una personalidad única en su propio seno, se enfrenta ante la necesaria incomprensión de sus iguales. Cuando el jazz se encuentra en una relación incestuosa y extraña con el funk, propiciando una combinación próxima a una proto-electrónica moderna, lo mejor que podía ocurrir es que creara una nueva linea de sentido a través de la cual explorar los vericuetos particulares de algo que no encontrarían su potencialidad hasta una década después. Y de hecho, así fue.

Desde el mismo título del décimo trabajo de estudio de Harbie Hancock, la más controvertida de las figuras clásicas del jazz, podemos ver la absoluta auto-consciencia suscitada en su embaucar nuevas formas del género que cartografió hasta sus mismos límites: Crossings, como los mesméricos cruces que practica entre un jazz aun de tono clásico con las incipientes formas de un funk aun en pura gestación; cruce, choque, colisión de los sentidos en un todo mayor: sinsentido, un sentido mayor y más puro. Pero esto no es una mera suma de las partes, sino que es una fusión de dos disciplinas bien diferenciadas aportando cada una de su propia cosecha una serie de conceptos que Hancock fusionaría con estilo en un único lenguaje común que va (infinitamente) más allá de lo que cada uno haría en particular por su lado. Aquí se da una fusión de horizontes donde no es que el estilo de uno se solape sobre el otro, se construya con los elementos del funk nuevos caminos para el jazz, sino que, de hecho, se asume en el uno para el otro y en el otro para el uno la posibilidad de un nuevo horizonte límite que se da precisamente en su interrelación: recuerda al jazz, recuerda al funk, pero suena a otra cosa.

La combinación resultante de esa fusión de horizontes sería una serie de estructuras extrañas, que nos remiten de forma constante a lo que después se desarrollaría en menor grado de experimentación en la electrónica analógica de los 80’s, que aun teniendo una personalidad definida carecen de una explicitación casuística específica; sabemos que lo que suena es algo diferente, pero lo más cerca que podemos estar de darle una definición —partiendo del hecho de que no crea escuela, sólo influencias menores— es basándonos no en su estructura sino en su método: el jazz fusion es el género/método por el cual se fusiona el horizonte del sentido del jazz con otro género cualquiera. Por eso se hace tan difícil hablar de jazz fusion sin entrar en complejas teorizaciones, ambigüedades extrañas, alusiones a estructuras mistéricas, porque, de hecho, su marca de género se da en la extrañeza inaprensible de ser una fusión que tiene sentido por sí misma. Su valor lo encontramos en cada caso en particular, en cada fusión específica practicada por el mismo, y las influencias que éste suscitaría a posteriori; el valor de Harbie Hancock es por la fusión perfecta que realiza de los horizontes de significado del jazz y el funk, que sólo nos son revelados cuando los ponemos de forma equidistante en la distancia con la electrónica que en un futuro inspirará. Carece de sentido hablar de como suena este cruce de Hancock, porque sería como preguntarse cual es la función de dos universos cuando chocan: es bello, y tiene una metodología muy clara, pero está más allá del sentido su por qué.

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