The Cult – Love (1985)

por Álvaro Mortem

love-4eac144e2d531Los clásicos no los son porque hayan sobrevivido a la devastadora erosión del tiempo, de la memoria de los hombres incapaces de recordar nada más allá de lo mejor de cuanto fue cada época, sino porque nos hablan de una cierta verdad: un gran disco, para ser una obra de arte, tiene que apelar hacia algo que nos es propio; nada hay en los clásicos que no sea esta búsqueda de articidad, de una verdad auténtica para el hombre: el clásico lo es porque nos habla a nosotros mismos. Es en este sentido mesiánico donde se deben comprender esos discos que parecen defendidos más con cierta sentimentalidad que con la razón, aquellos que definimos como clásicos, en tanto lo que sostenemos de ello es que, por la razón que sea, consiguieron iniciar un fructífero diálogo con nosotros en el cual nos ayudaron a conocernos mejor a nosotros mismos.

El sonido de un grupo como The Cult, inconcebible hoy por la especificidad en fuga de su carácter ya en su época, recorre de una forma absolutamente personal ese fino velo de maya que separa el post-punk y el gothic rock a través de unas composiciones pesadas pero de fácil ingesta, con un finísimo desarrollo articulado a través de la preponderancia de bajos propia del primero y un énfasis de guitarra —que, en tanto el bajo es la nota predominante, no es tal pero parece que sí— propio del segundo que naturaliza el sonido a oídos del oyente medio, al cual nadie debería aspirar tanto como encontrárselo por casualidad. Pero si hay algo que hace único al grupo no es su instrumentalización, porque la singularidad propia de The Cult tiene nombre propio: Ian Astbury. Su impresionante registro de barítono se arguye como una bellísima rara avis en el contexto del rock y, por ello, el interés que genera no es tanto por la novedad, aunque en su época también tuvo mucho que ver, con lo impresionante de su capacidad para variar de registro y apropiarse de cualquier sonido como si fuera propio; la magia de Astbury no sólo está en su voz, sino en la personalidad que consigue impregnar en ella de forma radical.

La magia de Love, sin embargo, es sólo extensión de la que le es propia a Astbury: la capacidad para hablarnos de tú a tú en tanto no nos habla de algo desconocido, pues aquello que nos comenta nos es extremadamente familiar. Un disco que trata de una forma más o menos radical las veleidades del amor, desde su conformación hasta posible descomposición, desde la alegría exultante hasta sus momentos de tristeza abisal, reconociendo en todos ellos y no sólo en unos pocos de ellos la caracterización del mismo, no podríamos no sentir que nos habla en tanto sabemos que es verdad; por nuestra experiencia con el mundo nos sentimos encandilados, absolutamente fascinados, por el desarrollo trágico (en un sentido nietzschiano) del concepto de amor que desarrollan aquí The Cult: Love es bueno no sólo porque sea un disco técnicamente soberbio, sino porque somos capaces de ver en él una verdad radical sobre el mundo, sobre nosotros mismos.

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