Ojete Calor – Maqueta (2006)

por Álvaro Mortem

Ojete Calor - Maqueta (2006)La naturalidad con la que asumió la sociedad el electroclash durante los 00’s no debería extrañarnos no por los clásicos argumentos de la licuefacción de la sociedad sólida, de la perdida de valores radical e indeseable del mundo, sino por su inteligencia: con un estilo popular, de fácil digestión y más sencilla ejecución basada en el humor chusco y la consecución de temas sexuales lo ilógico hubiera sido que no triunfaran mientras los puristas de La Buena Música morían entre espumarajos. Ahora bien, el problema radical del electroclash no era que musicalmente estuviera rayano con la basura, que también, sino que no dejaba de ser un mal intento de adolecentismo encantado de haberse conocido; no es sólo que el electroclash fuera imbécil, es que se vanagloriaba de serlo. Sin embargo, Ojete Calor escapan a través de la parodia satírica de ésta condición inefable del género en el cual están circunscritos.

Auto-definidos como subnopop, los demenciales Carlos Areces y Aníbal López realizan un tour de force del absurdo que sólo acaba en un proceso cerrado de nihilización; todas las canciones son cantadas sobre unas melodías machaconas de electrónica, muy repetitiva, que sólo de vez en cuando añaden algunos riffs sencillos de guitarra: nada hay que vaya más allá, en el ámbito musical, de la técnica ramplona del electroclash. Todo esto sumado a la incapacidad natural para hacer la más mínima entonación por parte de los dos humoristas, hace del resultado final un disco que, aun en lo inefable de su propuesta musical —que, en cualquier caso, no lo es más que cualquier otra propuesta del género que tantos réditos concedió a la juventud más trasnochada durante los primeros años del nuevo milenio—, sin embargo derrochan algo de lo cual carecerían los demás grupos: un ingenio a prueba de bombas. Donde otros proyectan chistes sin chispa y sexo metido con calzador, la fórmula clásica de la mediocridad propia del cuñaísmo, ellos se atrevieron con letras más propia de un ingenio que podríamos denominar como parte del post-humor: el ejemplo más evidente estaría en la ácida crítica hacia las frases manidas que se dan por verdaderas cuando son imbecilidades (0.60) o, también, en ciertos ritmos agradables herederos del synthpop que acompañan nada sutiles críticas hacia el progreso que ha acabado estallándonos en la cara a posteriori (Viva el progreso). Y es que, detrás del subnopop, hay un cuidado sentido del humor que va acompañado de un intento (mínimo) por hacer algo que no fuera musicalmente repugnante.

Ahora que Carlos Areces ya ha despuntado de forma evidente no sólo como humorista sino también como actor, no está de más recordar que él ya era grande desde Ojete Calor. Con mucho ingenio y con más mala baba aun consiguió hacer una parodia de la parodia, un intento de convertirse en parte de una pareja de bufones surrealistas amantes de una música que son incapaces de replicar, que si bien no pasará a la historia de la música si queda como una curiosa nota al pie de página de la historia de la comedia imbécil del presente. Y, en ocasiones, no hace falta nada más.

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