Menace Ruine – Alight In Ashes (2012)

por Xabier Cortés

aia_cover_highres1La maldad, lo maligno, lo oculto. Lo magnético del tabú, la muerte, la última frontera. Muchos son los que intentan trasladar ese espíritu a su música. Desgraciadamente, la gran mayoría de ellos no hacen más que desempolvar de forma inocente y pueril esos densos compendios de mantras, rituales y escritos mágicos convirtiéndose en doppelgängers del ínclito LaVey —que es por todos conocidos el verdadero motivo, el principal objetivo de la iglesia satánica de este mozalbete de brillantes ideas— que apreciaban más el sueño de rock star trasnochado de sexo, drogas y rock & roll que el querer profundizar y añadir estas oscuras artes a sus obras alcanzando su propia Verdad y no la que dictaba cualquier charlatán del tres al cuarto. El duo canadiense que nos ocupa no. Menace Ruine nos escupe su propia Verdad y esta vez lo han canalizado en una obra madura, inquietante y obscenamente compleja: Alight In Ashes.

Uno de los grandes aciertos de Menace Ruine es el haber sabido condensar, el haber tenido la capacidad para asimilar la idiosincrasia propia del folk de corte medieval —diametralmente opuesto a ese infecto medieval festivo-cervecero, no confundamos— para verterla en un discurso apocalíptico, decadente y desesperanzado sobre una base black metal lo-fi con un indiscutible cariz marcial. Alight In Ashes es un disco peligroso, peligroso porque nos abre los ojos a la posibilidad real del Fin de todo y de todos. Pero ellos van más allá. La destrucción total y absoluta que presenta Menace Ruine son invita a dejar atrás nuestra representación material para sumarnos a un todo inmaterial creando un nuevo ente, un nuevo camino en la evolución. Para ello nos seduce con unas melodías persistentes convertidas en bucles infinitos cuya misión no es otra que quebrantar nuestra voluntad hasta que consigamos abrazar esa nueva pureza hasta entrar en un perpetuo estado catárquico. Este duo canadiense teje con mimo una compleja maraña de drones oscuros, sobre la que se desarrolla toda su dramática visión sobre el pasado, presente y futuro de la Humanidad; una visión sucia y oxidada que hará que veamos con mejores ojos la, a priori, excéntrica idea de superar otro obstáculo evolutivo y convertirnos en entes inmateriales. Según avanza, implacable, este álbum el sonido gana en crueldad, el ruido avanza con virulencia y se va haciendo cada vez más y más poderoso, como si la propia obra se rebelara contra sí misma, como si esa podredumbre, esa mugre fuera haciéndose con el control el sonido hasta hacerlo sangrar. Perfecto.

El esfuerzo que supone adentrarse en el particular mundo de Menace Ruine se ve compensado con creces: nos regalan una experiencia nueva, una nueva dimensión, un nuevo nivel en el que todo ha cambiado y ya nada importa. Dejarse engatusar por las gélidas guitarras, por los bucles ruidistas sin fin, por la percusión orgánica y marcial y, como no, por la exquisita e inquietante voz de Geneviève. Sucumbir ante el poder que despliega aquí Menace Ruine, claudicar ante la confusión que genera este trabajo, debería ser considerado como un acto de extrema libertad. Yo por lo menos, así lo considero.

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