Nobukazu Takemura – Child’s View (1994)

por Álvaro Mortem

Nobukazu Takemura - Child's View (1994)

Todo lo que hoy es normal hubo un tiempo pasado, no necesariamente remoto, donde fue un acto de vanguardia inasumible. Es por ello que, aunque estamos acostumbrados a aceptar que el pop y el rock —como también cualquier derivación posterior de cualquiera de estos dos géneros totalizadores— primero debieron ser ruido más cercano a un espíritu del presente que aun no era más que experimental, no nos resulte natural que géneros que hoy resultan relativamente comunes pero jóvenes se nos aparezcan como con un principio donde aun no existieron: todo tiene un origen, pero ese origen se muestra siempre difícilmente captable en el tiempo cuanto más próximo esté al presente. He ahí que aunque el downtempo de tintes más lounge hoy lo inunde todo, no significa que no hubo un tiempo donde nos sonara extraño.

La peculiaridad de Nobukazi Takemura no es sólo que en los 90’s viniera de hacer equipo con Yamatsuka Eye, padre putativo del japanoise por vía punk, sino el hecho mismo por el cual después de haber pasado cuatro años explorando las diferentes armonías posibles producidas por el ruido da un salto inesperado en solitario hacia la música electrónica de herencia más bossa. En este salto se sitúa en medio de Child’s View, un ejercicio de música donde parece querer captar de una forma exacta como disciernen el mundo los niños: colores y formas nuevas, inaprensibles conceptos complejos, vibrantes escalas imposibles, la brillante sensación de que todo está a la mano; el niño se relaciona con el mundo como un absoluto sublime al cual sin embargo puede aprehender siempre con facilidad, puede llegar hasta él porque no tiene aun juicios con respecto de él; el niño crea a cada instante su sentido del mundo: eso consigue Takemura en Child’s View. Es por ello que sus composicioes están por toda partes plagadas de instrumentos, armonías disonantes, diferentes capas melódicas actuando a la vez y voces entre la parodia y el clasicismo. Busca una amalgama imposible, carente de cualquier sentido pero por ello con un significado propio, en la cual se caracterice esa mirada que sólo tienen los niños: la despreocupada acumulación sin prejuicios categóricos de todo lo que les gusta en el mundo.

Sólo a partir de esta noción es posible entender como Takemura es capaz de saltar del noise al lounge, de éste al house y de allí en medio de ciertos toques de rock progresivo bien camuflados además de algún ligero destello de brutalidad punk: él es un niño. Pero es un niño en el sentido nietzschiano, en el abrirse a toda posibilidad sin atenerse a lo establecido, aceptando en ello todo cuanto le viene como parte de un juego donde está en juego el mismo mundo. Donde casi cualquier músico ha fracasado antes Nobukazu Takemura no sólo triunfó, sino que estableció la vara que hubiera de medir cualquier próximo intento del género. Cualquier músico de downtempo que pretenda hacer música después de Takemura necesariamente deberá ser capaz de superarlo —y, por ello, él es origen y final de su propio género: nadie ha conseguido superarlo en su propio terreno, y quienes se acercaron a él (Aphex Twin, Boards of Canada) actuaron como niños: crearon su propio mundo de juegos—. Nada queda después de Takemura, salvo la certeza de que todo es posible desde la recobrada mirada infantil.

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