Marlon Dean Clift – Spleen (2012)

por Álvaro Mortem

Marlon Dean Clift - Spleen (2012)La música, como el mundo, se percibe con todo el cuerpo encarnado. Aunque la lógica inmediata nos diría que en realidad sólo hacen falta un par de oídos y un cerebro que procesen el fenómeno del sonido para apreciar una canción, la verdad es que si no involucramos la totalidad de nuestro cuerpo, si no permitimos que la música fluya libre por él, estamos sólo atendiendo a una experiencia superficial del éxtasis artístico; la música se vive encarnándola, haciéndose uno con ella, asumiendo su posición de forma radical. Dejarse inundar sutilmente por ellos, dejar que nos acaricien y susurren, que se acurruquen a nuestro lado como una intimidad conocida: esa es la responsabilidad que uno debe aceptar ante el arte, ante la música, ante el mundo. Cualquier otra disposición está tan cerca de la traición que, en términos absolutos, resulta indistinguible de ella.

Escuchar la música de Marlon Dean Clift pasa necesariamente por hacer un trato de fidelidad con respecto de su fisicalidad. Su estilo etéreo, que no fantasmático, nos transporta de modo constante por una serie de formas sentimentales vehiculadas a través de los diferentes estadios del amor romántico en su estado más puro: el susurro, la caricia, el extrañamiento del cuerpo ajeno. Él nos habla de eso, pero también hace que su música transite nuestra carne, nuestra piel, a través de esos extraños escalofríos que creíamos que sólo podían responder a esos anhelados besos secretos de la persona amada que aquí y ahora sólo quedan en la memoria. Ayuda su sencillez, sus capas de drones que se despliegan ad infinitum más allá de lo que cualquier escucha con los oídos puedan mostrarnos, pero también la belleza que se oculta entre los pliegues que nos llega como ese contacto directo imposible, ese je ne sais quoi que prácticamente parece exigido para nosotros. Porque, como en todo arte auténtico, siempre parece que las canciones nos hablen a nosotros; porque hablan en nosotros.

El viaje que emprendemos, sin embargo, no nos lleva en esas transitadas rutas por Marlon Dean Clift que se circunscriben al doble viaje que suponen el amor y el desamor, tan íntimo como profundamente ligados entre sí, sino que su condición de viaje sería incluso puesto en cuestión por su forma: no hay un avance icónico, una continuidad progresiva en la forma, sino que todas las canciones evocan una idea común que se va desarrollando en diferentes despuntes circulares que no cristalizan en un avance hacia un final de la historia amorosa. Como si Spleen pudiera durar infinitamente. El por qué es perceptible desde su título, spleen, angustia existencial, una forma de tristeza tan profunda que nos arroja en una perdida de todo espacio y tiempo; sumergido en un remolino de angustia, de incapacidad de alcanzar ese amor perdido que confunde sus límites en la memoria, Marlon Dean Clift ha avanzado en su representación de todas las formas del amor hacia el tallar delicadamente una de las aristas particulares del mismo: la angustia ante la ausencia de la persona amada, de saberla lejos ahora incluso cuando su perfume está aun en nuestra memoria. He ahí su tristeza, esa belleza que teníamos por imposible, que contiene dentro de sí una cierta verdad angustiosa.

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