Trisomie 21 – Chapter IV (1986)

por Álvaro Mortem

frontLa experiencia auténtica del descubrimiento ha sido el precio a pagar por la posibilidad de la democratización de la recepción musical. A día de hoy es potencialmente imposible que llegue hasta nuestras manos el disco de un grupo maravilloso descubierto por unos pocos, quizás de unas tierras tan lejanas como Francia o Inglaterra, sin que antes no haya sido promocionado ad nauseam en un tour de force propio de la espeleología bloguera de hoy en día: no es posible descubrir por casualidad un grupo, sin saber que encontraremos en él, porque estamos saturados de conexiones informacionales. Y aunque ésta sea una perdida menor, al menos menor en lo que corresponde con lo que ganamos a cambio, aun produce una (falsa) nostalgia de esa recepción ciega e intermintente que algunos por poco aun llegamos a conocer.

En 1986 un grupo francés era algo tan raro a priori como podría serlo hoy la introducción en el mercado de un grupo coreano: salvo que venga de la mano de un sello discográfico (hoy, Youtube) que ha encontrado potencial en él, sólo los fanáticos de la música de la zona podrían conocer su existencia. En el caso de ser un grupo de electrónica que fusiona ciertos tintes new wave con el gothic rock, entonces ya hablamos de condiciones milagrosas para el encuentro. Es por ello que cuando escuchamos Trisomie 21, aunque realmente no podamos entender como hubiera sido recibirlos rebuscando en una pila de nuevos discos de importación y sintiéndonos fascinados por esa estampa goyesca con tal minimalismo nominalista, sí podemos entender como consiguieron un sonido que aun hoy sigue sonando espectacularmente personal: si llego hasta sus manos algo más allá de Joy Division, quizás Christian Death, fue por pura coincidencia. A partir de ahí podríamos comenzar a comprender porque su sonido sigue hoy impoluto.

Cuando no hay nada de lo que intoxicarse, uno se imagina como será el resto. Cuando sólo puedes acudir a media docena de discos de post-punk y quizás un par de death rock, además de una colección más o menos amplia de la new wave, entonces ya en boga en el mainstream, la idea esencial de que significa ser gótico se distorsiona: he ahí la génesis de la coldwave. El refuerzo de un sonido más electrónico, siempre bordeando lo hortera, para acompañar un dominio absoluto del bajo acompañado de una voz engolada provoca una suerte de bastardización de Joy Division: ante la falta de recursos, imaginación.

Es por eso que un himno generacional como The Last Song sigue sonando hoy tan joven y fresco como debería sonar en 1986, una completa revolución de todas las derivaciones ortodoxas que se podrían considerar en los países anglosajones al respecto de lo gótico. Aunque no menos espectacular debió ser la introducción de temas como Is Anybody Home, que resultan casi como una premonición futura de lo que hoy sería el witch house; todo lo contenido en Chapter IV es una forma rudimentaria, algo estrambótica incluso, de lo que veinte años después muchos músicos alabados desarrollarían con fruición. Ese es su logro singular. Sin ningún recurso, ni siquiera con la posibilidad de conocer con un clic toda la música de su época y de épocas pasadas, configuraron un sonido propio que aun hoy provoca que encontremos en él cosas que apenas sí han sido desarrolladas hace escasos años: suenan como podría deber sonar cualquier grupo experimental del ámbito gótico del siglo XXI. Y aunque veintisiete años no son nada en el ámbito de la cultura, quizás deberían hacernos pensar muchas cosas sobre un tiempo que se vanagloria de acelerar de una forma cada vez más radical su posibilidad de cambio.

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