Rodríguez – Cold Fact (1970)

por Álvaro Mortem

Rodríguez - Cold Fact (1970)Si suele decirse que los caminos del señor son inescrutables, los caminos de la cultura popular son directamente ininteligibles. El por qué del éxito y el fracaso de los músicos queda siempre como algo que se escapa de forma notoria a la lógica ya que, aunque podamos razonarlo a posteriori en cierta medida, resulta prácticamente imposible analizar todos los factores involucrados en tal ecuación. No existen fórmulas conocidas para el éxito. Quizás por ese extraño devenir, de vez en cuando, un movimiento de tierras cultural nos descubre una pequeña joya del pasado que debió triunfar hace ya mucho y se nos devuelve sólo con tal propósito: donde el pasado no le hizo justicia, que sea el presente quien le reconozca su valor.

Pasando de puntillas sobre su retorno acontecido tras el excelente documental Searching for Sugar Man, el éxito de Rodríguez puede explicarse por una relación de causa-efecto simple: es un músico excelente, por lo cual no se merece nada menos que las mieles del triunfo. Con un rock sencillo de fuertes pinceladas folk y un muy agradable toque blues, el cual se deja ver especialmente en el peso específico que tiene el groove que desarrollan sus martillantes bajos, se situaría más cerca de un Nick Drake pasado por el tamiz de un cierto toque rayano lo post-punk que del clasicismo propio de un Bob Dylan —siendo con este segundo con el cual se le compara popularmente, incluso cuando sus nexos en común son nulos si es que de hecho existe alguno más allá de las fantasías de alguna gente—. Por eso aunque las canciones de Rodríguez siempre se nos presentan como vibrantes, con un toque lisérgico propio de la época —y de su pasión, cuanto menos lírica, por las drogas—, queda en ellas el regusto amargo de una cierta melancolía que arrastra siempre como losa que sabe constituyente de sí mismo.

Lo que más pesa en último término en Sixto Rodríguez es un amor infinito por la vida. Cada una de sus canciones derrocha una cierta sabiduría popular, un gusto estético desprovisto de todo artificio y galantería que va directo a la esencia de las cosas: no cae en desarrollos innecesarios o efectistas, no cree en la necesidad de sobrecargar lo que suena mejor en la sencillez de sus detalles discretos. He ahí que siempre acabe en el centro de un largo aliento poético. Su mezcla desprejuiciada de géneros, acercándose a la música desde el amor por la música y no la pretensión de acotar su estilo dentro de unas determinadas coordenadas prefijadas, le permite construir un discurso propio que encuentra ecos en el tiempo, pero no discípulos. Y bien está así: un discípulo es alguien que no ha sabido ir más allá de la genialidad del maestro. Rodríguez escapa de toda imposición, externa o interna, dejándose llevar por los sugerentes oleajes de un rock que ha renunciado de toda pretensión enmascaradora, quedando desnudo ante un público que hace ya cuarenta y tres años fue incapaz de comprender la belleza de su exhibición. Por ello, quizás ya sea hora de reconocerla.

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