Mogwai – Mr. Beast (2005)

por Álvaro Mortem

Mogwai - Mr. Beast (2005)

Para que la catástrofe pueda dar los frutos de la oportunidad, aquellos que la sufren deben estar versados en los vericuetos de la experiencia anterior a dinamitar; cuando un artista pretende ir más allá de todo lo hecho hasta ahora, de violar las leyes básicas del género y el medio, antes ha debido aprehenderlas hasta hacerlas absolutamente suyas. Es imposible trascender la normatividad vigente sin haberla antes dominado. Desde Erik Satie hasta Marcel Duchamp encontramos en las vanguardias el ejemplo de como sólo es posible llegar a un nuevo mundo cuando se ha agotado el conocimiento del antiguo: éstos eran un revulsivo de las artes, pero antes de serlo fueron unos perfectos ejemplos de perfección académica. Nadie puede experimentar la verdad del futuro sin antes conocer la verdad que ha regido el pasado de nuestro presente.

El caso de Mogwai como abanderados del post-rock, no como fundadores pero sí como aquellos que portan más orgullosos y altivos el estandarte del género, demuestra como sólo se puede llegar a la virtud futura desde el conocimiento de las hechuras del pasado: Mr. Beast es una violación sistemática de las reglas que rigen el post-rock. Aquí Mogwai cantan, recitan poesía, mezclan su sonido con unas fuertes trazas de shoegaze —hecho además admitido por ellos mismos cuando admiten que la mayor influencia para el disco es My Bloody Valentine— y discurren por un camino que en ocasiones se sumerge en un rock pretérito, con oscilaciones que llegan incluso a ciertas desviaciones stoner, más que al post-rock en sí. Sino fuera porque de hecho sería una boutade afirmarlo así, se podría decir que lo que pretenden (y consiguen) Mogwai con este trabajo es cimentar los principios de algo que sólo podría llamarse no-post-rock; la negación de ser post-rock para tener la posibilidad de volver a ser rock, de no permitirse encasillarse en un zulo demasiado pequeño para ellos.

Aquí queda el post-rock fusilado tras un juicio sumarial invisible cuyos ecos resuenan en sus principios cuasi chiptune, incluso con un cierto remanente acid, de nuestra sorpresa. Mogwai ya no hacen nunca más post-rock, como de hecho posteriormente nos demostraron —y si de hecho seguimos denominándoles como tal, es porque es más convenientemente etimológicamente que porque de facto lo sean—, porque están más allá de toda categoría. Están en medio de un mundo por venir. Lo que nos presenta aquí Mogwai con sus idas y venidas, con su ruidismo extremo (que deja en ridículo lo nuevo de My Bloody Valentine) y su fuga constante hacia algún lugar aun no conocido, es la presencia del futuro del rock en nuestro presente: aquí se esboza lo que será, no lo que es o ha sido, por aquellos que una vez fueron grandes por lo segundo pero ahora son inmensos por lo primero.

«Dale una sonrisa inocente por la felicidad por venir» nos dice Tetsuya Fukagawa en un perfecto japonés al cierre de I Chose Horses —a lo cual cabe recordar algo: en la tradición oriental, los caballos son los sentidos; elegir los caballos, implica elegir los sentidos, la realidad fenoménica fluyendo hacia el infinito—: he ahí la desnuda esencia de Mr. Beast. Mogwai nos regalaron una sonrisa inocente por la felicidad por venir, siendo esa sonrisa inocente el mínimo retrato de esa felicidad por venir que es el rock del futuro.

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