Rob Zombie – Venomous Rat Regeneration Vendor (2013)

por Álvaro Mortem

CoverEl terror, en su concepción cultural moderna macerada en el sentido del exceso absoluto sólo coartado por los invisibles límites de la imaginación, es el lugar donde todo es posible porque nada es considerado ajeno a su anterior. No importa hasta donde pretenda extrapolarse el terror, si lo llevemos hasta el paroxismo o hasta su simplicidad básica, si nos enquistamos en lo teórico o buscamos su práctica, porque infecta con naturalidad todo aquello en lo cual se posa: no hay límites que no puedan ser transgredidos por el terror. Sólo en este sentido se puede entender por qué el terror ha adquirido una venerabilidad artística propia, que encuentra en Rob Zombie su oscuro papado contemporáneo.

Después de su discreto retiro a un segundo plano en la escena musical para centrarse en el ámbito puramente fílmico, la vuelta de Zombie con Venomous Rat Regeneration Vendor huele a victoria: su estética se remarca en un cierto clasicismo que podríamos denominar como Universo Zombie —por el cual deberíamos entender la estetización sin perdida de valor de los cánones del terror—, pero siendo explorado más allá de sus límites conocidos. Es por eso que el trabajo suena familiar, pero no como auto-plagio. Entre sus festivas estructuras, propias de un mardi gras pasado por una batidora de sangre en conjunto a la noche de halloween más desfasada conocida, y sus oscuros reminiscencias hacia cierto estilo à la White Zombie, el más encantador oriundo de Massachusetts nos concede lo que no deja de ser un aquelarre: una festividad donde dejar correr la comida, la bebida, los sexos. Una desestructurada e imposible mirada hacia todo lo impío, todo lo prohibido por el pensamiento formal de la perenne sociedad cristianizante, que acaba en una ruidosa orgía de divertimento ciego.

¿Impide semejante caos alguna clase de preocupación estético-técnica dentro del contexto de Venomous Rat Regeneration Vendor? En absoluto. Y no sólo no lo impide, sino que muestra una particular preocupación que no siempre ha estado en los trabajos de Zombie: si bien la producción está tan cuidada como siempre, en esta ocasión hay también un especial mimo de las lineas de guitarra —quizás para aprovechar la última adquisición que ha hecho en lo musical: la siempre estimable guitarra de John 5—. Su propuesta se excede en sus propios límites desde todas las perspectivas, no sólo aquellas que pudieran circunscribirse dentro del terror; pone toda la carne en el asador para ser más: más terror, más técnico, más industrial, más festivo. Es por eso que constantemente el disco está bordeando el límite, derrapando a 220km/h en una carrera mortal en las montañas de la locura. Y aun así, sale triunfante: el Papa del terror ha vuelto (a la música).

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