David Bowie – Earthling (1997)

por Álvaro Mortem

David Bowie - Earthling (1997)

Saber moverse en paralelo con los tiempos es la virtud del buen artista; no basta con ser o haber sido bueno, con haber sido capaz de edificar la cultura del futuro que es todo triunfo del presente, sino que el artista debe saber siempre situarse más allá de todo aquello que ya se ha convertido en pasto de la norma. Un buen artista es aquel que no se amolda a los tiempos, sino que es capaz de amoldar los tiempos a sí. Por eso saber (re)conducir la corriente, no dejarse arrastrar sin más —y, por extensión, no venderse a las modas efímeras—, es la virtud de todo aquel que pretende erigirse más allá del mercantilismo como un auténtico perpetrador de la revolución diaria del arte.

En Earthling nos encontramos con la quintaesencia del giro de David Bowie hacia una estética de tono marcadamente cyberpunk, el cual ya había comenzado en el muy estimable 1. Outside. Es por eso que aquí todo suena rabioso, oscuro, decadente, pero en un sentido vibrante, con cierto triunfalismo: incluso transmitiéndonos un mensaje de horror y caos constante del mundo, nos lo hace desde la consciencia festiva de saberse por encima de ello. El triunfo del estilo sobre la sustancia; el triunfo del saberse por encima de la catástrofe. Por eso todas las canciones se atreven a explorar de un modo metódico sus posibilidades, exacerbado por su propia posibilidad de construir un discurso que vaya más allá de la inoperante ceguera de su presente; explora el contexto de crisis existencial que sufría el hombre hacia finales de los 90’s, cuando su tecnologización protésica era ya lo suficientemente evidente como para que algunos artistas nos hablaran sobre la decadencia absoluta de cierta clase de hombre, hasta sus últimas consecuencias. Si el estilo ahora se sobrepone como no-inherente a la sustancia, ¿por qué iba a no rodearse él, que es pura sustancia, de una férrea capa de experimentación que lo estilice?

De este modo Bowie se desmarca con combinaciones irreales por fantasiosas en las cuales mezcla su pop habitual con lo más granado de la electrónica contemporánea: drum&bass, techno, IDM, et al. Es así como surgen monstruosos combinados en los cuales el pop no se ahoga, sino que se convierte en forma predominante de unos loquísimos bajos que se imponen como funciones sobresalientes pero no primarias del espectáculo; del mismo modo, las baterías cobran un protagonismo inaudito que queda sólo rebajado por la presencia del camaleón: todo, incluso el propio Bowie, se supedita a la representación de esta suerte de Cyber Bowie. Incluso cuando el pop se impone más claramente sobre el resto de los elementos, como puede ser el caso de Little Wonder —e incluso ahí, sólo hasta cierto punto: la linea de bajo es de un virtuosismo exacerbado y, la melodía en sí, puro ejercicio de estilo à la Nine Inch Nails—, lo hace desde su descomposición: es pop sólo en lo que tiene de perpetuo estribillo, de concesiones prodigiosas al estilo.

¿Cómo hablar de un disco que, en más de un sentido, determina el rumbo de la música contemporánea incluso cuando ésta no lo sabe? El caso Bowie en los 90’s se convierte en particularmente problemático: firma algunos de los mejores trabajos de su carrera, redefine géneros enteros con gestos de sutileza infinita, pero sin embargo no se le recuerda nunca como referente por su abandono de la mercadotecnia más inmediata; el triunfo del estilo sobre la sustancia es, también, el triunfo de la calidad sobre el marketing: ya no necesita venderse, sólo necesita hacerlo lo mejor posible. Incluso cuando carece del reconocimiento que merece por ello: sabe que con el tiempo será reconocido.

La estructura visionaria de su Earthling, un disco capaz de comenzar —en lo literal (el disco en sí) y en lo mercantil (el primer single)— con una canción de seis minutos de tono industrial que es una concatenación de estribillos, ya demuestra el interés comercial que pudo tener el camaleón en su trabajo. Y eso está bien. Su impía estructuración del pensamiento cyborg sirve para entender, en un sentido musicalmente prosaico, nuestro presente: inmediatez de complejos desarrollos subterráneos; circularidad no cerrada, en concesión hacia su propio desarrollo espiral; y la hibridación del pasado (pop) con su futurabilidad (electrónica) como único modelo para la supervivencia. ¿Se le puede pedir más a un disco? Entonces, ¿por qué seguimos sin reconocerle a David Bowie el hecho de que firmara algunos de los discos más brillantes, ¡y visionarios!, de los 90’s? Quizás sea hora de admitirlo, quizás ya sea la hora adecuada de re-escribir los triunfos de aquel tiempo pasado aun presente en nosotros.

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