Swans – Filth (1983)

por Álvaro Mortem

Swans - Filth (1983)A partir de cierto momento de la historia del arte que podríamos situar a partir de las ideas de lo sublime de Edmund Burke, a pesar de que no tendrían auténtico predicamento hasta el siglo XIX, el concepto de lo artístico cambia radicalmente: el objetivo del arte ya no es sólo lo bello, sino todo aquello que compone el mundo. La suciedad, la inmundicia, la porquería, son ahora también constitutivos del arte. Todo aquello que hay de pútrido en el mundo, el insoportable olor de la descomposición bajo la belleza imposible de los salones y los bosques, emana ahora a través de las grietas de sus impotentes muros; si el arte trata de plasmar la realidad, el arte es un acceso privilegiado a la podredumbre del mundo.

Aunque definir el primer trabajo de Swans como porquería sería perfectamente lógico —al menos si sabemos entenderlo más allá de posibles equívocos: no como sinónimo de mala calidad, sino como retrato de la inmundicia del mundo—, hay algo absolutamente obsceno en él que nos haría ir más allá de esa definición. Su carácter se define en lo pornográfico de su desnudez. En Filth los Swans se nos dan como una suerte de radiografía espeluznante de Joy Division, un desnudar la belleza etérea de los de Manchester para quedarse sólo con la profunda suciedad que había detrás de cada uno de sus conceptos; su obscenidad nace de lo impío de su desnudo, de lo descarado de su oscuro ofrecimiento. Nos resultan vagamente familiares sus bajos profundos, cierta atmósfera común y unas temáticas más explícitas dentro de su descarnamiento del mundo, pero donde Joy Division se quedaban en la belleza de lo poético, Swans se sumergen en las fétidas aguas del reconocimiento: sus riffs son arpones que atraviesan nuestra piel, sus drones ganchos que retuercen nuestros músculos más allá de nuestra osamenta.

Nada de esto significa que lo hediondo, lo repugnante, lo infinitamente abierto, no sea, en último término, otra forma de la belleza. Como unos Killing Joke dados al exceso más pulcro y metódico, con una aversión absoluta por la forma que no nace del rechinar de dientes ante las tripas evisceradas de la tierra, Swans se sitúan en medio del vertedero de aquello que nadie salvo la inmundicia mismo quiere ver, trayéndonos el relato del espectáculo innombrable al que asistieron como única referencia para su arte. Su belleza es el pornográfico asco que se desata en cada una de sus canciones, la belleza que sólo nace del agusanado sentimiento de la derrota a priori de toda posibilidad; es una belleza oscura, sublime, que nace sólo de la aceptación de la necesidad constitutiva de lo horrible para que el mundo tenga sentido por sí mismo. Una belleza imposible, una belleza más allá de la belleza.

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