Sepultura – Roots (1996)

por Álvaro Mortem

Sepultura - Roots (1996)La vuelta a las raíces es una constante del pensamiento humano, especialmente desde que unos pocos alocados alemanes decidieran inventarse eso que hoy llamamos romanticismo. Desde ésta premisa, y abandonando la mucho menos fértil idea del avance hacia el exotismo de aquello que se nos presenta como lejano en el espacio en vez de en el tiempo, es comprensible entender la obsesión de algunos grupos por su propio pasado: lo que una vez fue el género o la música de sus regiones, puede traer al presente elementos capaces de articular un futuro para el mismo; viajar hacia nuestras raíces siempre es objeto de usufructo, al menos si somos conscientes de que no podemos quedarnos a vivir en ellas. La música no se agota en su pasado del pasado.

En el caso de Sepultura, Roots fue el canto de cisne definitivo de aquello que ya perfilarían con filosa necesidad en Chaos A.D.: la vuelta hacia un estilo más radical, más áspero y sin concesiones, donde abrazarían una tradición de percusiones de orden tribal. Y si uno quiere impregnarse de lo tribal, se va a vivir a la selva. Con los Xavante, un grupo indígena del Mato Grosso, estuvieron grabando —y, posteriormente, girando— las tradicionales formas de percusión de la zona. El resultado final fue una vibrante vuelta al tribalismo que, al death metal bien cargado de un toque groove de Sepultura, le resultó ser natural hasta la obscenidad; cada golpe parece salido del infierno de la garganta de un Max Cavalera obsesionado con traernos las pesadillas tribales emanadas de la ctónica batería del hermanísimo Igor Cavalera. Su viscosa oscuridad nos arrastra más allá de toda imaginación, como si siempre estuviera más allá de lo pensable.

Sepultura toman las sendas del bosque menos transitadas, pero que les son más naturales por ser las suyas propias. Se aproximan a lo que ellos son, arrojándose al conocimiento de su propio pasado. Por eso su mayor logro se encuentra en una etnicidad perfectamente integrada en su discurso, no una mezcla mal congeniada de músicas del mundo que generalmente se nos pretende vender como música étnica; los hermanos Cavalera y su cohorte consiguen extraer lo genuinamente brasileño, aquello que anida en todo corazón nacido de las selvas, para sumergirse en una nueva clase de infierno desconocido en Occidente. Nos hacen transitar un camino desconocido, lleno de formas abruptas desconocidas para nosotros, pero que sin embargo nos hacen comprender un je ne sais quoi que se nos presenta como si se tratara de una revelación; su oscuridad anida en nosotros, y pone fértiles huevos en nuestro entendimiento.

¿Qué podría ser Roots si no el disco definitivo del grupo más representativo de un país emergente que, aun con todo, aun conoce demasiado de cerca los motivos de la ruina en sus formas más extravagantes? Roots no es un panfleto neotribalista, aun cuando sí es un potente vómito de bilis a la boca misma del capital: es una reivindicación de lo tribal, de la identidad pretérita, de aquello que se destruye y homogeneiza para ser parte de un todo aproblemático, vendible, intercambiable. Es una reivindicación de la extravagancia tradicional propia. Por eso su sonido parece aludirnos a algo familiar, el death metal, pero que va más allá de todo aquello que podríamos definir como conocido: no nos traen una cierta idea del caos, nos traen la idea específica del caos que sólo puede engendrarse por la muy particular idiosincrasia de Brasil. Porque para luchar contra el capitalismo no sólo basta con reivindicar aquello que genuinamente está fuera de la utilidad de alguna clase, como el death metal, sino que también debe reivindicar las raíces de la tierra, como de hecho siempre ha hecho su primo-hermano el black metal; he ahí el triunfo definitivo de Sepultura: ellos recogen el testigo de los desclasados, de las raíces quemadas por el capital de una tierra manchada de petroleo.

He aquí las raíces del auténtico sonido del infierno brasileño, las raíces de un descontento que llegan hasta lo más profundo de una historia que sólo el antiquísimo lenguaje de la música puede traer nuevamente al mundo.

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