Kanye West – Yeezus (2013)

por Álvaro Mortem

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Hablar de Kanye West pasa necesariamente por hablar de un talento sólo comparable con su ego: su música se sitúa en el grado cero de la auto-consciencia, siendo así un proceso indisociable en el cual vida y arte se confunden en un único proceso. Su música emana de su propia existencia en un sentido radical. Es por eso que carece de sentido comenzar hablando de un disco como Yeezus, el nombre a través del cual se ha hecho renacer como una suerte de Jesucristo negro, si no es partiendo desde el axioma de que es un volcado de todo aquello que corroe las tripas de su autor. Es una lacerante patada en los cojones del mínimo criterio de buen gusto en la música.

Como exploración egotista del mundo interior del oriundo de Chicago más importante de nuestro tiempo, Yeezus se nos presenta como un navajazo por la espalda hacia el pensamiento occidental estándar de los últimos siglos. Su constatación como mesías, que viene acompañado de declaraciones/vómitos en los cuales se presenta como violento defensor de ciertas formas de anti-capitalismo y un pensamiento rayano lo que podríamos denominar «anarcomesianismo negro», se dirime en una caterva de canciones más próximas a la paliza skinhead con un consolador relleno de billetes en el privado de un club de moda que a la tonadilla pseudo-combativa de gangsters cabreados propia de sus coetáneos. Ye no se traga nada. Por eso no resulta problemático entender que sus mayores influencias oscilen entre el acid house y e industrial, pudiendo encontrar referencias no demasiado veladas hacia epitomes de la violencia ilustrada como Nine Inch Nails o Ministry.

Siguiendo esa estela de caos creciente, tampoco debería extrañar a nadie que vuelva el desfile infinito de productores, entre los cuales destacan con luz propia unos Daft Punk demostrándose capaces de adaptarse a las formas más virulentas del esputo. Aunque más sorprendente es la aparición en el disco de Jack Donoghue, más conocido por ser parte de Salem, justificando un cierto deje witch house en el asalto con agravantes que supone Black Skinhead; la fortísima apuesta de Kanye West por reunirse de los mejores se trasluce en las desconcertantes elecciones que le llevan constantemente más allá de su zona de confort, más allá de las expectativas que se le podrían pensar como propias. Y es algo a celebrar.

Por todo ello el disco se nos presenta como una rara avis que se muestra absolutamente desconectada de sus anteriores trabajos, quizás sólo un poco por debajo de esa obra maestra de la contemporaneidad que supuso My Beautiful Dark Twisted Fantasy, de no ser por el hecho que continúa en la lógica propia de Ye: su lógica interna nace de la pretensión de aclarar que él es el particular dios de un nuevo panteón mítico. En ese sentido, que para muchos será extramusical y por ello ignorarán de una forma absolutamente inconveniente, la continuidad de su trabajo es ejemplar hasta el punto de ir más allá de toda lógica subyacente posible ajena a su persona; Kanye West es uno de los pocos artistas cuya obra es imposible pensarla de forma ajena a su persona, porque incluso de hacerlo las conclusiones que saquemos al respecto de ella nos estará arrojando un reflejo de quien es éste: él ha hecho de su existencia su arte. Por eso su ego está blindado más allá de cualquier ataque, salvo posibles cuestionamientos de coherencia interna, ya que su ética nace de su articidad existencial. Y en ese sentido, Yeezus no deja de ser una obra maestra más que sumar a la cosmovisión de una existencia que ha devenido, en su forma más pura, en arte.

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