Tim Hecker & Daniel Lopatin – Instrumental Tourist (2012)

por Álvaro Mortem

OPNheckerCoverideasLa música siempre es una intrusa (in)deseada, una rara avis que la realidad no podría haber tenido nunca en cuenta en sus cálculos por todo aquello que tiene de generativa más allá de los principios de la lógica. La música crea espacios propios que están más allá de la física, porque están habitados exclusivamente por nuestra capacidad abstracta de vivir en ellos. La música trasciende los límite, los viola intencionalmente, buscando la posibilidad de un espacio que se nos presenta más allá de lo real; en la música se da la invención de lo imposible, el turismo de lo desconocido, la exploración abstracta de todo aquello que nos hace humanos.

Cuando se juntan Tim Hecker y Daniel Lopatin ya de antemano sabemos cual será el resultado más probable, un marasmo de intelectualizada oscuridad que nos arroja en un espacio ignoto definido a través del claro perfilar los límites de nuestra familiaridad. No cabe lugar para la sorpresa —o no para la sorpresa grave, profunda, aquella que se da en el encuentro con lo absolutamente inesperado— en la composición de aquellos férreamente atados a la búsqueda del espacio musical puro; lo sorprendente de Instrumental Tourist no podría ser un brusco cambio hacia nuevas coordenadas, lo es los sutiles detalles de su evocación. Lo interesante es ver como perfilan los detalles de su mundo. Por eso nos resulta sorprendente la deriva hacia formas más etéreas, fantasmáticas en un sentido más gótico que en Ravedeath, 1972, que acaban por definir el conjunto en un sonido catedralicio: lo ominoso y profundo de su presentación parecen transportarnos ya no al silencio de un piano en el vacío, sino al lugar donde lo sagrado se nos presenta en su forma pura.

Eso no le resta ni una pizca de familiaridad. Aquí siguen volviendo los drones y la profusión del sonido de órgano que acompaña al canadiense desde hace unos años, sólo que ahora reforzado por ese aire melancólico, rozando lo retro, que tan bien sabe explotar Daniel Lopati cuando se enfunda en sus vestimentas de Oneohtrix Point Never. El conjunto es más místico, en ocasiones rozando incluso impresiones propias más cercanas a la experimentación más radical con el drone doom —como sería, por ejemplo, el caso de Vaccination—, pero por ello más apegado al mundo: hay influencias de un sonido más japoneizado, como también de un cierto toque de música sacra medieval, que les aproximan a una experiencia más concreta para aquel que no esté acostumbrado a la compleja construcción de sentidos demasiado humanos de Hecker. Lo cual le hace, si cabe, incluso más evocador que sus anteriores composiciones de más abstracta índole. Y es que, aunque quizás sea el disco más accesible hasta la fecha de ambos músicos, no se dejan por el camino la capacidad de transportarnos a lugares más allá de lo que nuestra comprensión pudo entender hasta el momento.

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